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domingo, 6 de mayo de 2007

ROCÍO

La tarde estaba triste, el sol no brillaba, y las nubes ennegrecían el cielo. Ahí, sentado frente a mi ventana, miraba la gente pasar. De pronto el teléfono que suena.
- Hola
- Hablo con la casa de Juan Ramírez?
- No señorita, está equivocado.
- No puede ser, Juan me ha pasado este teléfono y es la única conexión que tengo con él. Necesito hablar con urgencia con él.
- Pero aquí no vive ningún Juan Ramírez?
- Es que lo necesito.
- Y en que puedo ayudarla?
- Juan , me ha dejado este teléfono, me ha dicho que si yo tuviera un momento malo que lo llamara, y estoy en uno de esos momentos. Me quiero suicidar.
Las ultimas palabras atormentaron el corazón de Jorge.

Y ese tormento que abrigaba su mente no era sino el recuerdo de lo que años atrás él mismo, sí, Jorge, había vivido en su propia carne.Su vida era monótona. Sus pasos eran monótonos, de casa al trabajo y, ya cansado, del trabajo a casa. Sin más ilusión, sin más esperanzas...
Hacía ya dos meses que se encontraba solo. La única sonrisa que veía cada mañana y que recordaba a lo largo de todo el día...se había ido. Ya no sonreía. Ya no lo miraba cuando se despedía y atravesaba la puerta chirriante de su vieja casa. Ella había muerto y él, ya sin ánimo, sin luz... sin sonrisa, no deseaba sino la muerte.Por eso la llamada que había recibido lo transportó a su mismo interior y le hizo revivir lo que nunca hubiera querido vivir.

A pesar de su vida, y sobre su vida, contestó:
- No es la casa de Juan, pero, ¿puedo ayudarte?
- No sé, quizás, tal vez.....
- Dime qué te pasa...
- Es que en Juan confiaba y...
- Bueno, yo soy Jorge y puedes confiar en mí. Alguna vez he pasado un trance como el tuyo. Dime.
- Es que no sé como empezar.
- Por el principio. Estoy para escucharte.

- No sé cuál es el principio. No sé ni cuándo ni cómo se inició esto que me está pasando.
- Pero... ,empezó a balbucear él.
- Pero así no puedo seguir, dijo ella interrumpiéndolo.
Cuántas veces él se había dicho esas mismas palabras: "así no puedo seguir" y, sin embargo, de sus labios brotaron las palabras mágicas:
- Sigue. Vive. Por favor, no te vayas.
- Pero, ¿a ti qué te importa si yo me suicido? No quiero seguir viviendo. Estoy muy sola.
- Eso no es motivo. Cuéntame al menos qué te pasó.
- Me ha dejado. Me llamó y me dijo que no volvería. Ni siquiera fue capaz de decírmelo a la cara.
-¡Cobarde!
- La soledad es mala. Da tiempo a pensar muchas cosas. Ya le he dado vuelta a mi vida y he decicido que así no vale la pena seguir, que ya he sufrido demasiado...
-¿De qué conoce usted a Juan, señorita?
- Juan es mi hermano.

Jorge se quedó de piedra. No sabía que Juan tenía una hermana, nunca se lo había dicho. Compartían piso desde hacía dos años, habían hablado mcuhas veces de ellos, de sus vidas, pero nunca le contó Juan nada sobre su familia y él no había querido preguntar demasiado, por respeto.Después de unos segundos de silencio ella dice:
- ¿Sigue usted ahí?
- Sí, sí, perdona. ¿Cómo te llamas?.
- Rocío. Me llamo Rocío, pero seguramente Juan no le habló de mí, ¿verdad?.
- No, nunca me habló de ti, pero eso no importa ahora. Tú llamaste aquí para hablar con él porque tienes un problema. Él no está en estos momentos, pero yo estoy seguro que te diría lo mismo que yo.
- ¿Y usted qué sabe lo que él me diría? ¿Usted lo conoce bien, lo conoce tanto como para afirmar esto que dice? No. No. Usted se equivoca.

Jorge quedó unos minutos en silencio que a ella le parecieron interminables. Caía la tarde en ese momento. El bullicio que apenas media hora antes se dejaba oír por las calles iba, como la luz, haciéndose poco a poco menos notorio.
- Escucha, Rocío...tu hermano en este momento no puede hablar contigo. Hace ya unos días que salió de la ciudad (no fue capaz de decirle toda la verdad). Pero lo que sí te puedo asegurar es que me gustaría ayudarte.
- Te creo.
-¿Dónde estás?
- Cerca de los Grandes Almacenes, en una pequeña cafetería.
-¿Te gustaría que siguiéramos hablando, pero en persona? Hay cosas que se entienden mejor acompañadas de miradas o de silencios. Si me dices la dirección estoy ahí en unos minutos.
- No. Prefiero acercarme yo. El centro me agobia. Demasiada gente. Demasiado tráfico. Demasiada nada...
-Hecho. ¿Conoces El Sol, el bar que hay al comienzo del parque de los patos?
- Sí, claro, El Sol. Sé dónde es. Estaré allí en 20 minutos.
- En veinte minutos. Nos vemos entonces, no te costará trabajo reconocerme. A esa hora estará solo Rosa, la dueña y yo, esperándote.
-Chao.
-Hasta dentro de un rato.

Jorge llegó primero y tomó la mesa frente a la ventana.
Rocío, frágil, delgada como una hoja, despeinada, con un abrigo desalineado, con la cara lavada, los ojos hinchados de llorar, despeinada, entró 10 minutos después.
Lo vio a Jorge sentado frente al ventanal y sin decir palabra se sentó a su mesa.
Se miraron fijo. Ninguno se atrevía a pronunciar palabras. Ella sacó un atado de cigarrillos y encendió, temblando, uno. Las bocanadas de humo llenaron el ambiente.
El silencio seguía.
- No puedo más - dijo Rocío.
- Y sin embargo estás aquí. Algo más puedes.
Rocío rompió en llanto.
Jorge sólo la miraba.
- Sí, estoy aquí, pero en realidad no quisiera estar en ningún lado. La vida es absurda. Son absurdas las personas....
- ¿Te parezco absurdo? - preguntó Jorge interrumpiéndola.
- No lo digo por tí. Tienes algo. Primero tu voz, ahora tu presencia e interés...pero me han pasado tantas cosas...
- A mí también, y sin embargo estoy aquí para escucharte.
Ella lo miró y comprendió de pronto que todo lo que le pasaba no tenía sentido. Que llorar por alguien, era solo llorar, y que perder la vida por alguien era mucho más. Se dio cuenta de pronto que había otras posibilidades, otras salidas, otras formas de afrontar lo sucedido.

Jorge interrumpió sus pensamientos con una pregunta, y por unos instantes su mente quedó en blanco.
-Perdona ¿qué me has dicho?
-¿Quieres pasear por el parque?, volvió a repetir Jorge con una sonrisa en los labios, hay algo allí al otro lado del parque que me gustaría enseñarte,
-No me apetece mucho caminar, contestó Rocío con la voz aún llorosa
-Tal vez lo que veas allí te ayude, insistió Jorge
Rocío se levantó de la silla lentamente, como si todo su pesar y su dolor la empujaran con fuerza haciéndola más frágil de lo que en realidad era.

Y Jorge la llevó a través del parque.
Caminaron pisando grava y césped, oliendo el perfume de las magnolias florecidas, y el aroma de la tormenta que se acercaba. Todavía no sabía bien qué le tenía que mostrar a Rocío, pero sabía que la tenía que sorprender con algo. Vio por ahí corretear una ardilla y le dijo:
- Mira, ves esa ardilla. Todos los días, y sin saber por qué, sale en busca de comida. Bueno, no tan sin saber por qué. El cuerpo le pide.
- ¿Y qué me quieres decir con esto?
- Quiero decirte que ella no se pregunta por qué está aquí. Sólo vive. No se preocupa si está sola, acompañada, triste o alegre. Sólo sale de su cueva, corretea, salta, busca y disfruta de lo que ese día tiene. Aprovecha todo lo que encuentra y encuentra todo lo que necesita. Así debemos hacer nosotros. Aprovechar todo lo que encontramos y encontrar todo lo que necesitamos. Aprovéchame hoy a mí, que me has encontrado, pues hoy me necesitas, y hoy estoy. Disfrutemos, lloremos y olvidemos, pero disfrutemos. Mañana será otro día y quizás necesitemos otras cosas, pues tratemos de encontrarla...
Rocío lo miró fijo a los ojos y esbozó una sonrisa.
Rocío comprendió que la vida se compone de instantes, y esos instantes hay que aprovecharlos.
Rocío se dio cuenta de que no estaba sola.
Rocío lo abrazó a Jorge y le dijo: GRACIAS.

06-05-07

Edu, Paco, Conral, Merr




6 comentarios:

DePaco dijo...

El relato, muy bien...especialmente, apoyado con el dibujo! (¿?)

Diamantina dijo...

Bonita historia. Felicitaciones. Melba

Conral dijo...

Siempre tuve miedo de este tipo de ejercicio porque no sabía si podría continuar con la historia que otra persona hubiese empezado, y eso que en la escuela yo lo hacía con los alumnos, empezaba alguien un cuento y en un momento determinado le decía al de al lado: "sigue tú" y el otro continuaba. Nos reíamos mucho y era muy interesante. Pero claro, no es igual hablado que escrito, y por eso quizás le temía yo. Pero quise participar en la propuesta de Eduardo y estoy encantada con el resultado. Pienso que deberíamos superar los miedos y volver a ser niñ@s otra vez, dando rienda suelta a nuestra imaginación.
Un abrazo, compañer@s.

merr dijo...

El relato ha quedado muy biennn (para ser el primero)seguro que si colaboramos en otros de vez en cuando, los bordamos.
Un beso

Eduardo dijo...

Pues, a comenzar otro Merr, asi estamos a tiro.
Un beso

Javier dijo...

hola a todos, os felicito, buen trabajo en equipo. un abrazo