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martes, 30 de enero de 2007

He visto un perro seguirme por la calle. Pobre perro solitario con hambre de carne y de caricias.
Me acompañó unas cuadras, con su mirada tierna, con un pedido en sus ojos: llévame.
Una caricia, un trozo de carne encontrado, le dí.
Pero en sus ojos dulces pedía: llévame.
No pude más que acomodarlo en un rincón, entre unos cartones, donde se acostó, y ahí quedó.
No pude llevarte, pues me hubiera gustado. Como no puedo llevar a tantos niños que piden lo mismo por la calle: lugar, amor.
Sé, que en algún momento, alguien de corazón más grande, podrá llevar niños y perros, perros y niños abandonados.

2 comentarios:

Segoviana dijo...

Muy conmovedora historia, Eduardo.

Conral dijo...

Tengamos corazones grandes no para llevarnos niños o perros a nuestra casa, sino para NO abandonarlos. Qué historia más triste, Eduardo, y qué pena que esto siga ocurriendo en el siglo XXI.
Un abrazo.