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sábado, 17 de febrero de 2007

El paso 13 (un pequeño cuento)

Si tuviera que contar mi vida, lo haría contando pasos.
Desde que aprendí a contar, ya de muy niño, mi entretenimiento era contar los pasos que distaban desde los lugares a donde me movía. A los 7 años, ya sabía los pasos que distaban desde casa hasta el almacén yendo por un camino u otro. Sabía cual era por el cual daba menos pasos y por cual camino debería dar más.
Era experto en eso. A medida que iba creciendo, por supuesto, los pasos iban cambiando, ya que mi cuerpo cambiaba también.
De grande se me convirtió en una obsesión, y lo que de niño era sólo un entretenimiento, ya crecido, pasó a ser parte de mi vida. Conocía todos los pasos que debía dar de un lugar a otro y los sabía por todos los caminos que pudiera tomar.
Cuando ya la vida se me arrutinó y me casé, y viajaba de casa al trabajo, y del trabajo a casa, tenía todo más calculado y más encuadrado dentro de mis pasos.
Siempre volvía del trabajo muy tarde a casa y Verónica, cuando yo llegaba, ya estaba durmiendo, para no despertarla, nunca prendía la luz del dormitorio, y no me hacía falta. Sólo calculaba los pasos y llegaba a la cama sin ningún problema. La última luz que apagaba era la del baño, y sabía que saliendo del baño, hasta llegar a la cama habían doce pasos. Cinco pasos, tomando como guía la pared de la derecha. Al atravesar la puerta del dormitorio habían dos pasos más. Luego doblaba tres hacia la derecha y dos más hacia la izquierda y ya topaba con la cama. Y así eran todas las noches de mis días.
Una noche llegué raro a casa. Hastiado de tanta rutina, de los sinsabores de que todos los días fueran iguales, uno a uno, a pesar de las diversas situaciones que pudieran ocurrir.
Esa noche, antes de salir del baño, me miré al espejo y me noté más viejo, agotado y agobiado que de costumbre. Me quedé mirando fijo la tristeza de mis ojos y me asusté. Soñé, mirándome al espejo, con una vida distinta...y al volver de mi pequeño sueño, volví a notar la profunda tristeza de mis ojos. No pensé más. Apagué la luz y me dirigí a la cama.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce......y?....el borde de la cama no estaba. Estiré mi pierna para buscarlo....y no había nada. No podía ser. No podía ser que me hubiera equivocado. No en eso, en lo único que sabía hacer bien, contar los pasos y calcular. Me quedé parado pensando antes de dar el paso trece. Pensé en retroceder y volver a contar....pero nunca retrocedo sobre mis pasos. Volví a estirar mi pierna buscando el borde de la cama, y no estaba...no me atrevía a apoyar el pie.
Luego de pensar un rato decidí dar el paso trece. Mi pie no pisó ningún piso fijo, y no me topé con ningún borde de la cama, entré en una atmósfera distinta, como una nebulosa....
Desde ese día quedé encerrado dentro de mis sueños y ya nunca más pude salir. Ahora ya la vida no la puedo contar más en pasos. Ahora soy más feliz.

2 comentarios:

Conral dijo...

Waow!!!! Qué bueno, qué bonito, qué estupendo!!! ¿Te he dicho alguna vez que me gusta cómo escribes, qué me encanta leerte? ¿No? ¡Pues ahora te lo digo!jajaja. Precioso cuento y más habilidad la que tienes tú con las palabras.
Felicidades.
Un abrazo.

Segoviana dijo...

Muy bonita e interesante historia.
Felicitaciones.