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sábado, 24 de febrero de 2007

La mujer que llegaba a las seis.


(fragmento de Gabriel García Marqués)
de su obra escrita en 1950

La puerta oscilante se abrió. A esa hora no había nadie en el restaurante de José.
Acababan de dar las seis y el hombre sabía que sólo a las seis y media empezarían a llegar los parroquianos habituales. Tan conservadora y regular era su clientela, que no había acabado el reloj de dar la sexta campanada cuando una mujer entró, como todos los días a esa hora, y se sentó sin decir nada en la alta silla giratoria. Traía un cigarrillo sin encender, apretado entre los labios. Hola reina dijo José cuando la vio sentarse. Luego caminó hacia el otro extremo del mostrador, limpiando con un trapo seco la superficie vidriada. Siempre que entraba alguien al restaurante José hacia lo mismo. Hasta con la mujer con quien había llegado a adquirir un grado de casi intimidad, el gordo y rubicundo mesonero representaba su diaria comedia de hombre diligente. Habló desde el otro extremo del mostrador. ¿Qué quieres hoy?-dijo. Primero que todo quiero enseñarte a ser caballero dijo la mujer. Estaba sentada al final de la hilera de sillas giratorias, de codos en el mostrador, con el cigarrillo apagado en los labios. Cuando habló apretó la boca para que José advirtiera el cigarrillo sin encender. –No me había dado cuenta–dijo José.
Todavía no te has dado cuenta de nada–dijo la mujer. El hombre dejó el trapo en el mostrador, caminó hacia los armarios oscuros y olorosos a alquitrán y a madera polvorienta, y regresó luego con las cerillas. La mujer se inclinó para alcanzar la lumbre que ardía entre las manos rústicas y velludas del hombre. José vio el abundante cabello de la mujer, empavonado de vaselina gruesa y barata. Vio su hombro descubierto, por encima del corpiño floreado. Vio el nacimiento del seno crepuscular, cuando la mujer levantó la cabeza, ya con la brasa en los labios.
Estás hermosa hoy, reina dijo José. Déjate de tonterías dijo la mujer. No creas que eso me va a servir para pagarte. No quise decir eso, reina–dijo José. Apuesto a que hoy te hizo daño el almuerzo. La mujer tragó la primera bocanada de humo denso, se cruzó de brazos, todavía con los codos apoyados en el mostrador, y se quedó mirando hacia la calle, a través del amplio cristal del restaurante. Tenía una expresión melancólica. De una melancolía hastiada y vulgar.
Te voy a preparar un buen bistec dijo José. Todavía no tengo plata dijo la mujer.
Hace tres mesas que no tienes plata y siempre te preparo algo bueno dijo José.
Hoy es distinto dijo la mujer, sobriamente, todavía mirando hacia la calle.
Todos los días son iguales dijo José. Todos los días el reloj marca las seis, entonces entras y dices que tienes un hambre de perro y entonces yo te preparo algo bueno. La única diferencia es ésa que hoy no dices que tienes un hambre de perro, sino que el día es distinto.
Y es verdad dijo la mujer. Se volvió a mirar al hombre que estaba del otro lado del mostrador, registrando la nevera. Estuvo contemplándolo durante dos, tres, segundos.
Luego miró el reloj, arriba del armario. Eran las seis y tres minutos. «Es verdad, José, hoy es distinto», dijo. Expulsó el humo y siguió hablando con palabras cortas, apasionadas: “Hoy no vine a las seis, por eso es distinto, José”.
El hombre miró el reloj. Me corto el brazo si ese reloj se atrasa un minuto dijo. No es eso, José. Es que hoy no vine a las seis dijo la mujer. Vine un cuarto para las seis. Acaban de dar las seis, reina dijo José. Cuando tú entraste acababan de darlas.
Tengo un cuarto de hora de estar aquí dijo la mujer. José se dirigió hacia donde ella estaba.
Acercó a la mujer su enorme cara congestionada, mientras tiraba con el índice de uno de sus párpados.
Sóplame aquí dijo. La mujer echó la cabeza hacia atrás. Estaba seria, fastidiosa, blanda; embellecida por una nube de tristeza y cansancio. Déjate de tonterías, José. Tú sabes que hace más de seis meses que no bebo. Eso se lo vas a decir a otro dijo. A mí no. Te apuesto a que por lo menos se han tomado un litro entre dos.
Me tomé dos tragos con un amigo dijo la mujer. Ah; entonces ahora me explico dijo José.
Nada tienes que explicarte dijo la mujer. Tengo un cuarto de hora de estar aquí.
El hombre se encogió de hombros. Bueno, si así lo quieres, tienes un cuarto de hora de estar aquí. Después de todo a nadie le importa nada diez minutos más o diez minutos menos.
Sí importan, José dijo la mujer. Y estiró los brazos por encima del mostrador, sobre la superficie vidriada, con un aire de negligente abandono. Dijo: “Y no es que yo lo quiera, es que hace un cuarto de hora que estoy aquí”. Volvió a mirar el reloj y rectificó: Qué digo; ya tengo veinte minutos.
Está bien, reina dijo el hombre. Un día entero con su noche te regalaría yo para verte contenta. Durante todo este tiempo José había estado moviéndose detrás del mostrador, removiendo objetos, quitando una cosa de un lugar para ponerla en otro. Estaba en su papel.
Quiero verte contenta repitió. Se detuvo bruscamente, volviéndose hacia donde estaba la mujer.
¿Tú sabes que te quiero mucho?-dijo. La mujer lo miró con frialdad.
¿Siii…? ¡Qué descubrimiento, José! ¿Crees que me quedaría contigo por un millón de pesos?
No he querido decir eso, reina dijo José. Vuelvo a apostar a que te hizo daño el almuerzo.
No te lo digo por eso dijo la mujer. Y su voz se volvió menos indolente. Es que ninguna mujer soportaría una carga como la tuya ni por un millón de pesos.
José se ruborizó. Le dio la espalda a la mujer y se puso a sacudir el polvo en las botellas del armario. Habló sin volver la cara. Estás insoportable hoy, reina. Creo que lo mejor es que te comas el bistec y te vayas a acostar.
No tengo hambre dijo la mujer. Se quedó mirando otra vez la calle, viendo los transeúntes turbios de la ciudad atardecida. Durante un instante hubo un silencio turbio en el restaurante. Una quietud interrumpida apenas por el trasteo de José en el armario. De pronto la mujer dejó de mirar hacia la calle y habló con la voz apagada, tierna, diferente.
¿Es verdad que me quieres, Pepillo?. Es verdad dijo José, en seco sin mirarla.
¿A pesar de lo que te dije?–dijo la mujer.
¿Qué me dijiste? dijo José, todavía sin inflexiones en la voz, todavía sin mirarla. Lo del millón de pesos dijo la mujer. Ya lo había olvidado dijo José.
Entonces, ¿me quieres? dijo la mujer. Sí dijo José. Hubo una pausa. José siguió moviéndose con la cara revuelta hacia los armarios, todavía sin mirar a la mujer. Ella expulsó una nueva bocanada de humo, apoyó el busto contra el mostrador y luego, con cautela y picardía, mordiéndose la lengua antes de decirlo, como si hablara en puntillas: ¿Aunque no me acueste contigo? dijo.
Y sólo entonces José volvió a mirarla: Te quiero tanto que no me acostaría contigo dijo.
Luego caminó hacia donde ella estaba. Se quedó mirándola de frente, los poderosos brazos apoyados en el mostrador, delante de ella, mirándola a los ojos.
Dijo: Te quiero tanto que todas las tardes mataría al hombre que se va contigo. En el primer instante la mujer pareció perpleja. Después miró al hombre con atención, con una ondulante expresión de compasión y burla. Después guardó un breve silencio, desconcertada. Y después rió, estrepitosamente.
Estás celoso, José. ¡Qué rico, estás celoso! José volvió a sonrojarse con una timidez franca, casi desvergonzada, como le habría ocurrido a un niño a quien le hubieran revelado de golpe todos los secretos.
Dijo: Esta tarde no entiendes nada, reina. Y se limpió el sudor con el trapo. Dijo: La mala vida te está embruteciendo. Pero ahora la mujer había cambiado de expresión. “Entonces no, dijo. Y volvió a mirarlo a los ojos, con un extraño esplendor en la mirada, a un tiempo acongojada y desafiante.
Entonces, no estás celoso. En cierto modo, sí dijo José. Pero no es como tú dices. Se aflojó el cuello y siguió limpiándose, secándose la garganta con el trapo.
¿Entonces?–dijo la mujer. Lo que pasa es que te quiero tanto que no me gusta que hagas eso dijo José.
¿Qué? dijo la mujer. Eso de irte con un hombre distinto todos los días dijo José. ¿Es verdad que lo matarías para que no se fuera conmigo? dijo la mujer.
Para que no se fuera, no dijo José. Lo mataría porque se fuera contigo.
Es lo mismo dijo la mujer. La conversación había llegado a densidad excitante. La mujer hablaba en voz baja, suave, fascinada. Tenía la cara casi al rostro saludable y pacífico del hombre, que permanecía inmóvil, como hechizado por el vapor de las palabras.
Todo eso es verdad dijo José. Entonces dijo la mujer, y extendió la mano para acariciar el áspero brazo del hombre. Con la otra mano arrojó la colilla. Entonces, ¿tú eres capaz de matar a un hombre? Por lo que te dije, sí dijo José. Y su voz tomó una acentuación casi dramática.
La mujer se echó a reír convulsivamente, con una abierta intención de burla.
¡Qué horror!, José. ¡Qué horror! dijo, todavía riendo. José matando a un hombre. ¡Quién hubiera dicho que detrás del señor gordo y santurrón, que nunca me cobra, que todos los días me prepara un bistec y que se distrae hablando conmigo hasta cuando encuentro un hombre, hay un asesino! ¡Qué horror, José! ¡Me das miedo!
José estaba confundido. Tal vez sintió un poco de indignación. Tal vez, cuando la mujer se echó a reír, se sintió defraudado.
Estás borracha, tonta dijo. Vete a dormir. Ni siquiera tendrás ganas de comer nada. Pero la mujer, ahora había dejado de reír y estaba otra vez seria, pensativa, apoyada en el mostrador. Vio alejarse al hombre. Lo vio abrir la nevera y cerrarla otra vez, sin extraer nada de ella. Lo vio moverse después hacia el extremo opuesto del mostrador. Lo vio frotar el vidrio reluciente, como al principio. Entonces la mujer habló de nuevo, con el tono enternecedor y suave de cuando dijo: ¿Es verdad que me quieres, Pepillo? José dijo. El hombre no la miró.
¡José! Vete a dormir dijo José. Y métete un baño antes de acostarte para que se te serene la borrachera.
En serio, José dijo la mujer. No estoy borracha. Entonces te has vuelto bruta dijo José.
Ven acá, tengo que hablar contigo dijo la mujer.
El hombre se acercó tambaleando entre la complacencia y la desconfianza.
¡Acércate! El hombre volvió a pararse frente a la mujer. Ella se inclinó hacia adelante, lo asió fuertemente por el cabello, pero con un gesto de evidente ternura.
Repíteme lo que me dijiste al principio dijo. ¿Qué? dijo José. Trataba de mirarla con la cabeza agachada asido por el cabello. Que matarías a un hombre que se acostara conmigo dijo la mujer.
Mataría a un hombre que se hubiera acostado contigo, reina. Es verdad dijo José.
La mujer lo soltó. ¿Entonces me defenderías si yo lo matara? dijo, afirmativamente, empujando con un movimiento de brutal coquetería la enorme cabeza de cerdo de José. El hombre no respondió nada; sonrió. Contéstame, José dijo la mujer. ¿Me defenderías si yo lo matara?
Eso depende dijo José. Tú sabes que eso no es tan fácil como decirlo. A nadie le cree más la policía que a ti dijo la mujer.
José sonrió, digno, satisfecho. La mujer se inclinó de nuevo hacia él, por encima del mostrador. Es verdad, José. Me atrevería a apostar que nunca has dicho una mentira dijo.
No se saca nada con eso dijo José. Por lo mismo dijo la mujer. La policía lo sabe y te cree cualquier cosa sin preguntártelo dos veces. José se puso a dar golpecitos en el mostrador, frente a ella, sin saber qué decir. La mujer miró nuevamente hacia la calle. Miró luego el reloj y modificó el tono de su voz, como si tuviera interés en concluir el diálogo antes de que llegaran los primeros parroquianos.
¿Por mí dirías una mentira, José? dijo. En serio. Y entonces José se volvió a mirarla, bruscamente, a fondo, como si una idea tremenda se le hubiera agolpado dentro de la cabeza. Una idea que entró por un oído, giró por un momento, vaga, confusa, y salió luego por el otro, dejando apenas un cálido vestigio de pavor.
¿En qué lío te has metido, reina? dijo José. Se inclinó hacia adelante, los brazos otra vez cruzados sobre el mostrador. La mujer sintió el vaho fuerte y un poco amoniacal de su respiración, que se hacía difícil por la presión que ejercía el mostrador contra el estómago del hombre.
Esto sí es en serio, reina. ¿En qué lío te has metido? dijo. La mujer hizo girar la cabeza hacia el otro lado. En nada dijo. Sólo estaba hablando por entretenerme.
Luego volvió a mirarlo.
¿Sabes que quizás no tengas que matar a nadie?. Nunca he pensado matar a nadie dijo José desconcertado. No, hombre dijo la mujer. Digo que a nadie que se acueste conmigo.
¡Ah! dijo José. Ahora sí que estás hablando claro. Siempre he creído que no tienes necesidad de andar en esa vida. Te apuesto a que si te dejas de eso te doy el bistec más grande todos los días, sin cobrarte nada.
Gracias, José dijo la mujer. Pero no es por eso. Es que ya no podré acostarme con nadie.
Ya vuelves a enredar las cosas–dijo José. Empezaba a parecer impaciente.
No enredo nada–dijo la mujer. Se estiró en el asiento y José vio sus senos aplanados y tristes debajo del corpiño. Mañana me voy y te prometo que no volveré a molestarte nunca.
Te prometo que no volveré a acostarme con nadie.
¿Y de dónde te salió esa fiebre? dijo José. Lo resolví hace un rato dijo la mujer. Sólo hace un momento me di cuenta de que eso es una porquería. José agarró otra vez el trapo y se puso a frotar el vidrio, cerca de ella. Habló sin mirarla. Dijo: Claro que como tú lo haces es una porquería. Hace tiempo que debiste darte cuenta.
Hace tiempo me estaba dando cuenta dijo la mujer. Pero sólo hace un rato acabé de convencerme. Les tengo asco a los hombres. José sonrió. Levantó la cabeza para mirar, todavía sonriendo, pero la vio concentrada, perpleja, hablando, y con los hombros levantados; balanceándose en la silla giratoria, con una expresión taciturna, el rostro dorado por una prematura harina otoñal.
¿No te parece que deben dejar tranquila a una mujer que mate a un hombre porque después de haber estado con él siente asco de ése y de todos los que han estado con ella?
No hay para qué ir tan lejos dijo José, conmovido, con un hilo de lástima en la voz. ¿Y si la mujer le dice al hombre que le tiene asco cuando lo ve vistiéndose, por qué se acuerda que ha estado revolcándose con él toda la tarde y siente que ni el jabón ni el estropajo podrán quitarle su olor?
Eso pasa, reina dijo José, ahora un poco indiferente, frotando el mostrador. No hay necesidad de matarlo. Simplemente dejarlo que se vaya. Pero la mujer seguía hablando y su voz era una corriente uniforme, suelta, apasionada.
¿Y si cuando la mujer le dice que le tiene asco, el hombre deja de vestirse y corre otra vez para donde ella, a besarla otra vez, a…? Eso no lo hace ningún hombre decente dijo José.
¿Pero, y si lo hace? dijo la mujer, con exasperante ansiedad. ¿ Si el hombre no es decente y lo hace y entonces la mujer siente que le tiene tanto asco que se puede morir, y sabe que la única manera de acabar con toda eso es dándole una cuchillada por debajo?
Esto es una barbaridad dijo José. Por fortuna no hay hombre que haga lo que tú dices.
Bueno dijo la mujer, ahora completamente exasperada. ¿Y si lo hace? Suponte que lo hace.
De todos modos no es para tanto–dijo José. Seguía limpiando el mostrador, sin cambiar de lugar, ahora menos atento a la conversación.
La mujer golpeó el vidrio con los nudillos. Se volvió afirmativa, enfática. Eres un salvaje, José dijo. No entiendes nada. Lo agarró con fuerza por la manga. Anda, di que sí debía matarlo la mujer. Está bien dijo José, con un sesgo conciliatorio. Todo será como tú dices.
¿Eso no es defensa propia? dijo la mujer, sacudiéndole por la manga. José le echó entonces una mirada tibia y complaciente. “Casi, casi”, dijo. Y le guiñó un ojo, en un gesto que era al mismo tiempo una comprensión cordial y un pavoroso compromiso de complicidad. Pero la mujer siguió seria; lo soltó.
¿Echarías una mentira para defender a una mujer que haga eso? dijo.
Depende dijo José. ¿Depende de qué? dijo la mujer. Depende de la mujer dijo José.
Suponte que es una mujer que quieres mucho dijo la mujer. No para estar con ella, ¿sabes?, sino como tú dices que la quieres mucho. Bueno, como tú quieras, reina dijo José, laxo, fastidiado.
Otra vez se alejó. Había mirado el reloj. Había visto que iban a ser las seis y media. Había pensado que dentro de unos minutos el restaurante empezaría a llenarse de gente y tal vez por eso se puso a frotar el vidrio con mayor fuerza, mirando hacia la calle a través del cristal de la ventana. La mujer permanecía en la silla, silenciosa, concentrada, mirando con un aire de declinante tristeza los movimientos del hombre. Viéndolo, como podría ver un hombre una lámpara que ha empezado a apagarse. De pronto, sin reaccionar, habló de nuevo, con la voz untuosa de mansedumbre.
¡José! El hombre la miró con una ternura densa y triste, como un buey maternal. No la miró para escucharla, apenas para verla, para saber que estaba ahí, esperando una mirada que no tenía por qué ser de protección o de solidaridad. Apenas una mirada de juguete. Te dije que mañana me voy y no me has dicho nada dijo la mujer.
Si dijo José. Lo que no me has dicho es para donde. Por ahí dijo la mujer. Para donde no haya hombres que quieran acostarse con una. José volvió a sonreír.
¿En serio te vas? preguntó, como dándose cuenta de la vida, modificando repentinamente la expresión del rostro. Eso depende de ti dijo la mujer. Si sabes decir a qué hora vine, mañana me iré y nunca más me pondré en estas cosas. ¿Te gusta eso? José hizo un gesto afirmativo con la cabeza, sonriente y concreto. La mujer se inclinó hacia donde él estaba.
Si algún día vuelvo por aquí, me pondré celosa cuando encuentre otra mujer hablando contigo, a esta hora y en esa misma silla. Si vuelves por aquí debes traerme algo dijo José.
Te prometo buscar por todas partes el osito de cuerda, para traértelo dijo la mujer.
José sonrió y pasó el trapo por el aire que se interponía entre él y la mujer, como si estuviera limpiando un cristal invisible. La mujer también sonrió, ahora con un gesto de cordialidad y coquetería. Luego el hombre se alejó, frotando el vidrio hacia el otro extremo del mostrador.
¿Qué? dijo José, sin mirarla. ¿Verdad que a cualquiera que te pregunta a qué hora vine le dirás que a un cuarto para las seis? dijo la mujer. ¿Para qué? dijo José, todavía sin mirarla y ahora como si apenas la hubiera oído.
Eso no importa dijo la mujer. La cosa es que lo hagas. José vio entonces al primer parroquiano que penetró por la puerta oscilante y caminó hasta una mesa del rincón. Miró el reloj. Eran las seis y media en punta.
Está bien, reina dijo distraídamente. Como tú quieras. Siempre hago las cosas como tú quieras.
Bueno dijo la mujer. Entonces, prepárame el bistec. El hombre se dirigió a la nevera, sacó un plato con carne y lo dejó en la mesa. Luego encendió la estufa.
Te voy a preparar un buen bistec de despedida, reina dijo. Gracias, Pepillo dijo la mujer.
Se quedó pensativa como si de repente se hubiera sumergido en un submundo extraño, poblado de formas turbias, desconocidas. No se oyó, del otro lado del mostrador, el ruido que hizo la carne fresca al caer en la manteca hirviente. No oyó, después, la crepitación seca y burbujeante cuando José dio vuelta al lomillo en el caldero y el olor suculento de la carne sazonada fue saturando, a espacios medidos, el aire del restaurante. Se quedó así, concentrada, reconcentrada hasta cuando volvió a levantar la cabeza, pestañeando, como si regresara de una muerte momentánea. Entonces vio al hombre que estaba junto a la estufa, iluminado por el alegre fuego ascendente.
Pepillo. Ah. ¿En qué piensas? dijo la mujer. Estaba pensando si podrás encontrar en alguna parte el osito de cuerda dijo José.
Claro que sí dijo la mujer. Pero lo que quiero que me digas es si me darás toda lo que te pidiera de despedida.
José la miró desde la estufa. ¿Hasta cuándo te lo voy a decir? dijo. ¿Quieres algo más que el mejor bistec? Sí dijo la mujer.¿Qué? dijo José.
Quiero otro cuarto de hora. José echó el cuerpo hacia atrás, para mirar el reloj. Miró luego al parroquiano que seguía silencioso, aguardando en el rincón, y finalmente a la carne, dorada en el caldero. Sólo entonces habló.
En serio que no entiendo, reina dijo. No seas tonto, José dijo la mujer. Acuérdate que estoy aquí desde las cinco y media
.

miércoles, 21 de febrero de 2007

TRES COSAS


TRES COSAS.
Se "ENNOBLECE" la vida Cultivando tres cosas : La bondad, la sabiduría y la comprensión.
Buscando tres cosas : La verdad, la filosofía y la comprensión.
Amando tres cosas : La caballerosidad, el valor y el servicio.
Gobernando tres cosas : El carácter, la lengua y la conducta.
Apreciando tres cosas : El honor, los amigos y los débiles. Admirando tres cosas : El talento, la dignidad y la gracia .
Excluyendo tres cosas : La ignorancia, la ofensa y la envidia .
Practicando tres cosas : El trabajo, la lealtad y la justicia .
Combatiendo tres cosas : La mentira, el ocio y la calumnia .
Conservando tres cosas : La salud, el prestigio y el buen humor ! Se ennoblece la vida !

(Gracias , Silvia S. Zimerman )

sábado, 10 de febrero de 2007

¿Ángeles o amigos?



¿Ángeles o amigos?, todos tenemos un poquito de cada cosa... Un ángel no nos escoge, Dios nos lo asigna. Un amigo nos toma de la mano y nos acerca a Dios. Un ángel tiene la obligación de cuidarnos. Un amigo nos cuida por amor. Un ángel te ayuda evitando que tengas problemas. Un amigo te ayuda a resolverlos. Un ángel te ve sufrir, sin poderte abrazar. Un amigo te abraza, porque no quiere verte sufrir. Un ángel te ve sonreír y observa tus alegrías. Un amigo te hace sonreír y te hace parte de sus alegrías. Un ángel sabe cuando necesitas que alguien te escuche. Un amigo te escucha, sin decirte que lo necesitas. Un ángel en realidad es parte de tus sueños. Un amigo, comparte y lucha por que tus sueños, sean una realidad. Un ángel siempre esta contigo ahí, no sabe extrañarnos. Un amigo, cuando no esta contigo, no solo te extraña, también piensa en ti. Un ángel vela tu sueño. Un amigo sueña contigo. Un ángel aplaude tus triunfos. Un amigo te ayuda para que triunfes. Un ángel se preocupa cuando estas mal. Un amigo se desvive por que estés bien. Un ángel recibe una oración tuya. Un amigo hace una oración por ti. Un ángel te ayuda a sobrevivir. Un amigo vive por ti. Para un ángel, eres una misión que cumplir. Para un amigo, eres un tesoro que defender. Un ángel, es algo celestial. Un amigo es la oportunidad de conocer lo más hermoso que hay en la vida, "el amor y la amistad". Un ángel quisiera ser tu amigo. Un amigo, sin proponérselo, también es tu ángel.
Tadeo Yolza

UN GRITO DESESPERADO La introducción del libro fue escrita por Tadeo Yolza quien se había retirado de la dirección de la escuela para vivir en otro lugar por un problema pulmonar, la escuela se había convertido en una universidad. La introducción decía que estos hechos eran reales y que esto era un documento de gran importancia para familias con profundos problemas de entendimiento. Esta novela trata sobre un drama familiar que inicia con la lectura de una carta extraída de un portafolio robado por un chico llamado Gerardo, en la carta explicaba un hombre lo sucedido en un accidente con su mujer cuando ésta fue golpeada por un chico alumno de ella, la carta iba dedicada a su mujer, pero por cosas del destino estaban en le portafolio, el joven que había golpeado a la mujer no fue condenado a pesar que le había hecho perder el bebé que esperaba la maestra luego, las causas al parecer fueron un accidente, en un forcejeo el joven golpeó fuertemente a la mujer en el vientre causando la hemorragia y por consiguiente la pérdida del bebé. El joven terminó de leer la carta pero pensó que no puede tener sentimientos nobles un director de escuela, menos el suyo, así que decidió guardar los folios y se acostó. El robo había comenzado con una broma hecha por el hermano mayor de Gerardo llamado Saúl, quien jamás se imaginó que esa broma hubiera causado tanto desastre, hizo que lo encerraran a él y a su novia en el baño, con un enorme candado y botaron la llave, entonces el director los descubrió, los llevo a la dirección llamo al padre del chico, entonces llegando este al enterarse de lo sucedido frente a todos lo abofeteó y el Saúl salió de la dirección y aunque su padre quiso detenerlo no pudo, Saúl no regresó a casa. Al siguiente día el señor Hernández, padre de Gerardo y Saúl, fué al colegio a vigilar la entrada de Saúl y para poner al tanto de la situación al director. El director cuando se entrevistó con el señor Hernández mandó a traer los expedientes de Gerardo y de Saúl y le supo decir que no había sido la primera vez que Saúl tenía problemas, pues el señor Hernández decía que no debía llamarlo pues los jóvenes tarde o temprano llegaban al sexo con sus novias y que era su culpa por que debían educarlo para que no sea un joven problema, el director le dijo que debía decirle también que Gerardo era un peligro no en potencia pero lo era. Gerardo de venganza se llevó el portafolio del director en el cual encontró documentos importantes para el director como: cartas personales, manuscritos antiguos, borradores de traducción de los manuscritos. Gerardo contestó en su casa una llamada en la que le avisaban que Saúl estaba en la escuela junto con otros amigos y que acababa de asaltar la escuela. Gerardo salió corriendo para la escuela que no estaba muy lejos al llegar la noticia es que unos muchachos asaltaron al director y que habían agredido a la secretaria, en una entrevista con el director éste descubre que Gerardo tenía su portafolio y que Saúl era el muchacho que había golpeado a la señora Yolza. Gerardo antes de devolver el portafolio sacó copias de cada una de las hojas que tenía el director, pues le parecían importantes, Saúl no regresaba a casa mientras tanto en su casa al papá parecía que no le interesaba mucho su hijo. Un día el director llegó al aula de Gerardo para charlar sobre la relación que existe entre los padres y los hijos es entonces cuando Gerardo durante la charla conoce a una muchacha llamada Sahian, quien después llegaría a ser el amor de su vida, quien también da sus vivencias desastrosas con su familia. Gerardo llega a entender los conceptos de la Biblia contenidos en las copias sacadas del director, Tadeo Yolza se convirtió en un amigo de los que casi no se encuentran para Gerardo. Gerardo llega a saber sobre un curso que iba a impartirse para los padres, él pide a Tadeo estar presente, Sahian también pidió estar presente en aquella charla. Sahian y Gerardo se convirtieron en excelentes amigos aunque en el fondo los dos se atraían mutuamente. Gerardo llega a saber por Sahian que Saúl estaba en provincia y decide irlo a buscar. Al llegar en aquel lugar le dicen que Saúl ya había salido para su hogar, Gerardo pasa la noche en un hotel y regresa a casa, al llegar no encuentra a nadie en casa, lo único que encontró fueron muebles desacomodados vidrios rotos, mientras tanto la charla había ya iniciado, Gerardo pensó que sus padres, junto con Saúl, podrían estar en la escuela así que decidió salir a la escuela, al llegar no encontró a nadie, decidió pasar para el salón, encontró ahí a Sahian que aunque lo miró no se acercó, hasta ese momento ella no sabía que Gerardo era hermano de Saúl, éste último era también un buen amigo de ella, en la charla se debatieron aspectos como la autonomía familiar la libertad de expresión entre otras cosas. Al dar un receso al charla Sahian se acercó a Gerardo para saludarlo, entonces llamaron a casa de éste pero no contestaron, entonces marco a casa de su tía ésta le supo decir que no se moviera de la escuela él volvió preocupado a la charla junto con Sahian, luego en la charla vió llegar a su padre quien, luego de salir un momento volvió a ingresar a la sala es ahí cundo supo Gerardo que algo malo sucedía, entre debates de opiniones el señor Hernández supo decir que Saúl se había suicidado luego de esto llegó una nube de situaciones confusas los padres de Saúl se separaron, luego de esfuerzos conjuntos entre Sahian, Gerardo, su hermana y Tadeo Yolza lograron reunirlos... La muerte de Saúl había seguido luego de una discusión entre él y su padre cuando llegó de su viaje, su padre dijo a su esposa que no le vaya a ver, parece que esto fue la gota que derramó el vaso, en la madrugada el señor Hernández fué a asegurarse que su hijo no se había vuelto a fugar, lleno de cólera por no encontrarlo en su cuarto, fué a verlo en el cuarto y lo encontró colgado de su cinturón, Saúl se había suicidado, la familia de Gerardo al reconciliarse volvió a iniciar una nueva vida en otra ciudad, Gerardo y Sahian se habían enamorado y les fué muy difícil esta situación, pero la soportaron y con el pasar del tiempo formaron una familia. Esta novela es un instrumento para las familias que pasan por problemas, es un último rayito de luz en la profundidad de un agujero del que pocas familias, logran salir integras... Como este hay muchos casos que he visto en el transcurso de mi vida.

JUAN SALVADOR GAVIOTA


Nos habla de una gaviota que se atrevió a soñar. Le interesaba ser ella misma, vivir intensamente, potenciar todos sus talentos y posibilidades. No aceptaba la vida monótona y siempre igual de la bandada que sólo se atrevía a vuelos rastreros, sin alma, detrás de los desperdicios que arrojaban los barcos. Ella sentía en su alma el llamado de las alturas, la vocación de libertad. Por atreverse a proponer una vida distinta, la aislaron, la dejaron sola, la tacharon de loca, la desterraron. Juan Salvador, la pequeña gaviota, aceptó la soledad del aprender de nuevo, la soledad de la búsqueda atrevida de mares nuevos, nuevos cielos, nuevos horizontes. En lo profundo de su corazón adolorido, sentía que sus alas habían nacido para abrirse a la inmensidad de lo desconocido. Y se arriesgó. Tras muchos ensayos fallidos, un día se encontró surcando los altos cielos, azules, maravillosos, inmensos, con un halo de eternidad. Y ese día entendió por qué y para qué había nacido gaviota. Palpó el vértigo de lo profundo, vivió la originalidad, la iniciativa, la creatividad. Experimentó las honduras de la perfección: llegar hasta el final de lo emprendido, llegar hasta la raíz, el manantial de su propio ser. Ya no se trataba tanto de buscar la libertad, como de ser libre. Y se entregó apasionadamente a ser ella misma, sin ataduras ni temores. Pero Juan Salvador Gaviota seguía amando a los suyos a pesar de que lo habían desterrado. Y decidió volver a la bandada para enseñarles que la vida podía ser algo mucho más interesante que comer y disputarse los desperdicios de los barcos. Estaba seguro de que su empresa no iba a ser nada fácil, que de nuevo lo aislarían, lo ofenderían, pues no estaban dispuestos a cambiar ni a escuchar tranquilamente que alguien les hablara de la necesidad de cambio. No importaba que no lo comprendieran: con que una sola gaviota se atreviera a soñar y emprender un nuevo vuelo, se justificaba su aventura. En el fondo de su corazón, Juan Salvador Gaviota adivinaba que era imposible vivir intensamente su libertad sin intentar liberar a otros, que la plenitud implicaba el servicio. Volvió sin prédicas ni alardes. Sólo trataba de ser una auténtica gaviota nacida para volar. Poco a poco, algunas gaviotas jóvenes se fueron acercando a presenciar su vuelo vigoroso. Y le pidieron que les enseñara a volar. No les importaba que la bandada los despreciara y expulsara. Querían volar, experimentar otra vida, atreverse a ser libres. Y se atrevieron A vivir y a volar. A ser ellas mismas... Richard Bach

Al final del sombrío túnel.- Paulo Coelho


Paulo Coelho Al final del sombrío túnel EXTRAVÍO. "Sólo vi un túnel". En el bar de Sibiu, en Transilvania, Sorin me mira a lo más profundo de los ojos. Continúa. -Vi un túnel negro con un hombre al fondo, que me hacía señales. Espero. Tenemos todo el tiempo del mundo y recuerdo que, cuando yo me encontraba en la misma situación, también vi un túnel, sólo que éste me llevaba a un hotel en Río de Janeiro, el Hotel Gloria. Miré aquel hotel, esperé lo peor, y pensé: "no es justo: ¡sólo tengo 26 años!". Justo o no, en la madrugada del 27 de mayo de 1974, estaba a las puertas de la muerte, y no veía lo que sucedía a mi lado. Sólo el túnel y el hotel. Pero mi historia no viene al caso; sólo sirve para señalar que entiendo perfectamente lo que Sorin me está contando en este bar perdido en mitad de los Cárpatos. -Vi tan solo un túnel negro, con un hombre que me apuntaba con un arma, y que me ordenaba que bajase del coche. El calvario de Sorin Miscoci comenzó el 28 de marzo de 2005, cerca de Bagdad. Una cadena de televisión rumana lo había enviado allí por una semana. Terminó secuestrado durante 55 días. -Más tarde, cuando me liberaron, los agentes de seguridad americanos me preguntaron cuántas personas había allí. Y yo les dije: una. Ellos se rieron y dijeron que no podía ser. Fue el psicólogo quien me ayudó, explicándome que en situaciones como aquella, uno sólo ve el foco de la crisis, lo que le amenaza, y simplemente olvida el resto. Sorin acaba de casarse con Andrea, que le acaricia la mano. Hace tres días que viajamos juntos, y seguiremos una semana más cruzando los Cárpatos. Yo conocía su historia, pero esperé a que estuviese en su ciudad natal para preguntarle por los detalles. Cristina Topescu, una vieja amiga, periodista de la misma cadena de televisión para la que trabaja Sorin, también está sentada a la mesa. Cuenta que, a la hora de movilizar al país, pocos colegas se presentaron para ir a hablar con el presidente de la república, por miedo a perder su puesto de trabajo. -Lo peor fue cuando vi a Sorin con el mono naranja y la cabeza rapada, en un vídeo entregado al canal árabe Al Yazira –dice Cristina–. Era una señal de que la ejecución no tardaría. -Sólo pedí una cosa a Dios: morir de un tiro al corazón. Había visto vídeos de prisioneros siendo decapitados; pedí, imploré que me fusilaran –añade Sorin. Andrea le da un beso. Él sonríe, me pregunta si quiero continuar en ese restaurante o si prefiero ir al único karaoke de Sibiu. Prefiero cortar ahí la conversación, mejor cantar juntos. Nuestro grupo se levanta, intento pagar la cuenta, pero nos invita la casa, en homenaje al héroe local, aquél que, a pesar de todo, sobrevivió. Camino de la discoteca, pienso en el túnel negro: sin ánimo de teñir de romanticismo una situación dramática, entiendo que eso le pasa a todo el mundo. Cuando nos encontramos frente a algo que nos amenaza de veras, es imposible mirar alrededor, aunque ese sea el comportamiento más correcto. No somos capaces de ver con claridad, de usar la lógica, de conseguir información que pueda sernos de ayuda a nosotros y a los que intentan sacarnos de esa situación. En el amor y en la guerra somos humanos, gracias a Dios.

De Novosibirsk a Irkutsk.- Paulo Coelho


UN PUNTITO. Continúa siendo imposible escribir en el tren por causa del movimiento. Encuentro lectores en las estaciones , converso con ellos. Unos me cuentan historias, otros hablan de sus lugares. "¿Usted sabe exactamente dónde está ahora?" –uno de ellos me dice- usted está en una estación de trenes junto a mucha gente y existe gran posibilidad de que varias personas abriguen las mismas esperanzas y desesperanzas que usted".Y continuó: "Vamos adelante: usted es un puntito microscópico en la superficie de una bola. Esta bola gira alrededor de otra que a su vez está ubicada en un rinconcito de una galaxia, junto con millones de bolas semejantes." "Esta galaxia forma parte de algo llamado Universo, lleno de gigantescos aglomerados estelares. Nadie sabe dónde comienza exactamente y dónde termina lo que llaman Universo. Aun así, no se deje vencer por el cansancio del viaje." "Usted lucha, se esfuerza tiene sueños, se alegra o entristece. Si no estuviese vivo, algo estaría faltando. "No sé de dónde sacó el lector estas palabras (él estaba leyendo un papel) pero yo necesitaba oírlas en aquel momento. EL ÁRBOL. Dos paradas más adelante, una lectora me cuenta una historia sobre un carpintero y sus ayudantes que viajaban por el territorio de Qi (estamos en ese momento cerca de China), buscando material para realizar construcciones. Encontraron un árbol gigante; cinco hombres dándose las manos no conseguían abrazarlo y era tan alto que casi tocaba las nubes. - No perdamos nuestro tiempo con este árbol - dijo el carpintero. Para cortarlo nos demoraremos mucho. Si quisiéramos hacer un barco, se hundiría de tan pesado que es su tronco. Si decidimos usarlo como estructura de un techo, las paredes tendrán que ser fuertes. El grupo siguió y uno de los aprendices comentó: - ¡Es un árbol tan grande que no sirve para nada! - Estás equivocado, dijo el carpintero. Si fuese igual a los otros, nosotros ya lo hubiésemos cortado, pero como tuvo el coraje de ser diferente, permanecerá vivo y fuerte por mucho tiempo. EL AMOR. Los taoístas cuentan que en el inicio de los tiempos, el Espíritu y la Materia empezaron una lucha mortal. El Espíritu triunfó y la Materia fue condenada a vivir en el interior de la Tierra. Antes de que eso sucediese, golpeó con su cabeza el firmamento y redujo en pedazos el cielo estrellado. La diosa Niuka salió del mar, resplandeciente en su armadura de fuego. Hirviendo los colores del arco-iris en un caldero, fue capaz de recolocar las estrellas en su lugar, pero no consiguió encontrar dos pequeños pedacitos y el firmamento quedó incompleto. Este es el origen del amor: dos almas siempre están recorriendo la Tierra buscando su Otra Parte. Cuando se encuentran, consiguen encajar los dos pedazos que faltan en el cielo y el Universo entero pasa a tener sentido para la pareja. Mientras el tren transiberiano atraviesa esta larga estepa, pienso en eso. MIEDO. Por increíble que parezca, mucha gente teme a la felicidad. Para estas personas estar bien significa mudar una serie de hábitos y perder su identidad.Muchas veces nos juzgamos indignos de las cosas que nos suceden. No aceptamos los milagros, porque nos dan la sensación de estar en deuda con Dios, además tenemos miedo de "acostumbrarnos" a la felicidad. Por miedo a disminuir, dejamos de crecer. Por miedo a llorar, dejamos de reír.