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martes, 27 de mayo de 2008

Los conejos

Estaba anocheciendo cuando llegaron mi padre y mi hermano, arrastrando los pies de cansancio, a la puerta de la casa. Yo al oír sus pisadas, que conocía perfectamente, salí corriendo y de un salto me subí a los brazos de mi padre, que riendo me sujetó y me dijo: “Hola, hijo, qué grande estás, pronto no podré contigo”. Me dio un beso en la mejilla y yo olí su olor a sudor, ese olor que tenían los hombres después de estar todo el día en el campo.

Como siempre cogí el talego de mi padre y entré a casa corriendo para llevarlo a la cocina, donde estaba mi padre terminando de preparar la cena. Abrí la bolsa de tela y saqué los restos de comida que traían mi padre y mi hermano: un trozo de pan duro, un poquito de queso liado en un papel y una naranja. Yo buscaba el trocito de morcilla para comérmela, pero hoy no venía, así que pensé que se la habían comido y no me habían guardado a mí que tanto me gustaba.

Cuando mi padre entró a la cocina después de haberse lavado y cambiado de ropa, todos nos sentamos alrededor de la mesa: mi hermano de doce años, mi hermana de siete, mi madre y yo, que era el más pequeño pues sólo tenía cinco años.
En el centro de la mesa había una maceta de gazpacho migado con pan y al lado una fuente de papas fritas. Todos fuimos cogiendo patatas y unas cucharadas de gazpacho. Estaba muy bueno. Lo había hecho mi madre con el amor que ella ponía para hacer el gazpacho que tanto gustaba a mi padre. Todas las noches de verano cenábamos lo mismo.

Cuando terminamos nos fuimos a dormir ya que estaba muy oscuro y no podíamos estar sin luz para alumbrarnos, además de que mi padre y mi hermano estaban muy cansados.
Mi hermano se acostaba en una cama hecha en la calle de paja, porque así estaba más fresco. Antes de irse para acostarse le dijo a mi padre: “Papa, mañana no quiero ir.” Y mi padre, con voz cansada a pesar de ser un hombre joven, le contestó: “Anda, hijo, acuéstate y descansa. Mañana iremos a donde nos mande el señorito”. “Pero, yo no quiero ir a cazar conejos. No quiero matar más conejos”. “Acuéstate, hijo. Iremos a donde nos manden”.

Yo me acostaba en una cama pequeña que había en el cuarto de mis padres. Me acostaba con mi hermana y siempre nos peleábamos antes de dormir y mi madre nos tenía que reñir. Aquella noche me dijo mi hermana susurrando: “Como te mees esta noche, mañana te corto la picha”. Yo no contesté, pero me puse las manos entre las piernas y encogido me volví de espaldas a ella. Así me dormí.

No sé cuánto tiempo había transcurrido desde que nos acostamos pero de pronto me despertó la mano de mi hermana tapándome la boca mientras me abrazaba. Yo no sabía qué pasaba pero sentí voces en la calle. Voces de hombres y la voz de mi madre que gritando decía: “No os los llevéis, que ellos no han hecho nada. A mi hijo, no, que sólo es un niño. No os lo llevéis, por favor”. Mi madre gritaba y lloraba.

Mi hermana y yo permanecimos abrazados en la cama sin movernos, casi sin respirar, y empezamos a llorar también. ¿Quiénes se llevaban a mi padre y a mi hermano? ¿Por qué se los llevaban y mi madre lloraba? ¿A dónde los llevaban?
Al poco rato entró mi madre en el cuarto sonándose la nariz. Los hombres se habían marchado pues no se oía a nadie en la calle. Ella se acercó a nuestra cama, nos arropó y nos besó. No dijo nada. Nosotros tampoco.

Aún era de noche cuando mi madre nos despertó a mi hermana y a mí. Nos dijo que nos vistiésemos que íbamos a ir a casa de nuestra abuela. Nos dio unas bolsas hechas de tela a cada uno y ella se colgó un gran bulto a la espalda. En los bolsillos nos metió un trozo de pan y otro de queso y sin darnos más explicaciones nos cogió de la mano y empezamos a andar. Apenas se veía el camino, pues aún no había amanecido y la noche había sido muy oscura ya que ni la luna había salido.

Yo fui todo el camino agarrado a la mano de mi madre, mas bien ella tiraba de mí. Sólo paramos una vez a la sombra de una encina para comernos el pan y el queso. Yo tenía mucha sed y ella me dio agua de una cantimplora de plástico que mi padre me trajo como regalo un día que fue a una feria. Estando sentados en el suelo, a la sombra de la encina, mi hermana se atrevió a preguntar: “Mama, ¿a dónde se han llevado a papa y al nene?”. Mi madre se encogió de hombros y sin decir una palabra empezó a llorar. Nosotros la abrazamos y ya no volvimos a pronunciar ni una palabra.

Estaba anocheciendo cuando llegamos a casa de mi abuela, que estaba a las afueras de un pueblecito muy pequeño. La puerta estaba abierta y sin llamar entramos. Mi abuela estaba en la cocina pelando patatas cuando nos vio aparecer. Al ver a mi madre con el bulto a la espalda y a mi hermana y a mí cogidos de su mano, se puso de pie de un salto, tiró el cuchillo y corrió a abrazarnos. Como íbamos sucios por el polvo del camino y el sudor, nos mandó al patio donde había unos cubos con agua para que nos laváramos las manos y la cara antes de darnos de comer.
Mientras mi hermana y yo estábamos en el patio escuchamos hablar a mi madre y a mi abuela en la cocina. Mi madre decía: “Mama, se los han llevado y los han matado. Y ellos no han hecho nada. Ellos hicieron lo que les mandó el señorito, que mataran muchos conejos para la fiesta que iban a hacer. ¡Ay, mama, qué pena más grande!”
Y mi abuela con una voz llena de pesar y tristeza le dijo: “Llora, hija, llora, que los pobres no tenemos más que eso, lágrimas” Y mi madre emitió un grito de dolor, arrancado del corazón, que me recordó al del cochino cuando mi padre le clavaba el cuchillo en el cuello para matarlo y hacer la matanza.

De nuevo mi hermana y yo nos abrazamos y empezamos a llorar. Nosotros también repetíamos: “Si no han hecho nada, si sólo fueron a cazar conejos”…

Yo no entendía nada, pero en aquel momento me di cuenta que nunca más volvería a abrazar a mi padre, ni volvería a jugar a pillar con mi hermano.

Conral, 24-05-08

lunes, 19 de mayo de 2008

MANOS CON HISTORIA (Cuento)


Había una vez un rinconcito en la tierra donde sólo había higueras de higos chumbos, piedras y alacranes. Un lugar no muy atractivo para vivir al que llegó una familia, un matrimonio con sus hijos e hijas, y se instaló en una pequeña casa. Las paredes eran de tierra, en el techo había unas vigas de madera llenas de carcoma y el tejado con tejas viejas, muchas rotas, por las que entraba el agua en los lluviosos días de invierno.
Tenían unas gallinitas que les proporcionaban huevos y carne, y un cerdo, al que alimentaban con las bellotas que recogían de las encinas del campo.
Cuando el cerdo estaba lo bastante gordo era sacrificado para hacer la ansiada matanza: chorizos, morcillas, tocinos, jamones, asaduras, todo era aprovechado y se guardaba en sal para irlo consumiendo a lo largo del año.
Había poco trabajo en aquel lugar y los hijos varones de este matrimonio pronto emigraron a otros pueblos donde poder ganar dinero y labrarse un futuro. El padre y la madre los vieron partir, con el hatillo de ropa, y se quedaron con el corazón roto por el dolor ya que desconocían tanto el lugar que acogería a sus hijos, como en qué trabajarían, dónde se alojarían, etc.
Las hijas se quedaron con sus padres y también trabajaban en el campo para poder hacerse sus ajuares ya que sabían que su destino sería casarse y tener, a su vez, hijos.
Ese trabajo de sol a sol, pasando en los cortijos meses según las épocas: cogiendo aceituna, segando trigo, recogiendo algodón, etc. Con sueldos muy humildes pero que les hacían soñar con una vida mejor. A pesar de todo los muchachos y las muchachas aprovechaban las noches y los días de fiesta para cantar y bailar y divertirse todo lo que podían.
El modo en que vivía esta familia hoy nos puede parecer inconcebible ya que no tenían luz eléctrica, se alumbraban con un candil de aceite y más tarde con un carburo. Tampoco tenían agua potable, así que debían ir a los pozos y traer el agua en cántaros o en cubos a la casa.
Pasados unos años se atrevieron a hacer un pozo delante de su casita, pero como tenían que utilizar las herramientas que poseían: palas, picos, cubos y sus manos, pues lo ahondaron muy poco, ya que además uno de los hombres se metía en el pozo atándose una cuerda a la cintura, y otro se quedaba fuera para tirar y sacarlo. El que estaba dentro cavaba la tierra, llenaba el cubo con ella y el que estaba fuera lo sacaba tirando de la cuerda. Cuando llevaban un metro, más o menos, ahondado, encañaban el pozo, poniéndole ladrillos por toda la circunferencia. Al llegar a unos metros con una profundidad que consideraban suficiente (ocho o diez metros) si el pozo no manaba agua, lo dejaban para que se llenara al menos en invierno con el agua de las lluvias.
La casa constaba sólo de una habitación-dormitorio con una cama de matrimonio y otra individual donde se acostaban todos los miembros de la familia, un portal y una cocina en el patio o corral. Los muebles eran escasos. Además de las camas tenían una cómoda donde guardaban tanto la ropa de vestir como las sábanas y toallas, una mesa, varias sillas y en la cocina otra mesa con un cajón donde se guardaban los cubiertos y los restos de comidas como chorizos, morcillas, queso, etc.
No había cuarto de baño, así que tenían que hacer sus necesidades fuera de la casa, entre las chumberas. Tampoco había contenedores de basura por lo que los desperdicios que no se les echaban al cerdo o a las gallinas, se depositaban en el estercolero donde se descomponían convirtiéndose en mantillo para el huerto. Detrás de todas las casas había un estercolero donde se podían encontrar muchas cosas que los niños utilizaban para jugar. Por supuesto no había botellas de plástico, ni tetrabricks, ni bolsas de plástico, ni latas de conservas, ni…
Todos los días hacían el mismo menú: el cocido (garbanzos con tocino, sin carne), del que se sacaba caldo para dárselo a los niños migado con pan (las sopitas de la olla). Por la noche se comían patatas fritas con huevos y para merendar o desayunar un trozo de pan con aceite y azúcar. También en verano se comían naranjas picadas con aceite y azúcar y buenas macetas de gazpacho migado con pan, o salmorejo que también se comía mojando sopas de pan. Sólo cuando algún miembro de la familia enfermaba, principalmente los niños, se compraba un poquito de jamón o una tableta de chocolate.
Esta familia no tenía radio ni televisión y cuando anochecía se iban a la cama para poder madrugar al día siguiente. Sólo en las noches de verano se acostaban más tarde ya que hacían una cama en la calle con paja y se contaban cuentos e historias mientras miraban el cielo lleno de estrellas.
Esta familia era muy humilde y sólo poseían el trocito de tierra que rodeaba la casa. Cuando una de las hijas se casó los padres le dejaron construir unas habitaciones al lado de su casita y así la familia seguía unida.
Fueron pasando los años y el aspecto de la casa y del terreno fue cambiando. Arreglaron los tejados, subieron los techos, enlosaron los suelos, enlucieron las paredes de tierra, que siempre tenía exceso de humedad, llenaron los patios con macetas de flores y en el exterior sembraron plantas y árboles frutales (un ejemplar ya que había poca tierra): un naranjo, un limonero, un peral, algunos olivos, las higueras, la parra, el albarillo, el ciruelo, el granado, …
La variedad de flores fue aumentando tanto que después de unos años había toda clase de plantas ornamentales. Aquel rinconcito se había convertido en un jardín botánico.
Llegó la luz eléctrica al lugar y con ella la radio y la televisión. También instalaron el agua potable e hicieron los cuartos de baño.
Todo mejoró. Ya no había que meter la sandía en el pozo para que se enfriara en verano antes de ser comida, pues también se compraron un frigorífico.
Ya no había que calentar las planchas de hierro en la candela para planchar la ropa, pues se compraron la plancha eléctrica.
Ya no había que hacer el salmorejo a mano en la maceta pues también se compraron la batidora.
Tampoco tenían que ir ya a lavar la ropa al arroyo, ni acarrear el agua con los cántaros en la cintura, ni restregar con el jabón sobre la restregadera en el barreño de cinc, pues pudieron comprarse la lavadora, no la automática, pues había que echarle el agua con un cubo, pero era de una comodidad increíble (la automática llegó más tarde)
La cómoda donde guardaban la ropa de toda la familia fue cambiada por varios armarios roperos para guardar el amplio vestuario. Antes tenían la misma ropa para el invierno y para el verano, después tenían más cantidad de ropa de la que hubieran podido imaginar.
Y llegó el teléfono. Este adelanto asombró a los abuelos, pues ya podían oír la voz de los hijos que vivían lejos, muy lejos.
El paso de los años hizo que tuviesen mejor calidad de vida, sin duda. Alimentos, ropa, medicinas, luz, agua, un sueldo básico bien administrado, hacía que todos se sintiesen felices.
Un día, al lado de la bicicleta y delante de la casa, aparcó un seiscientos, ¡era el primer coche de la familia!. Más tarde pudieron comprar otros coches.
Padres, hijos, nietos, biznietos, se fueron haciendo en aquel humilde lugar, se formaron culturalmente y, sobre todo, familiarmente, pues se transmitieron de unos a otros el amor y el respeto por todos y cada uno de los miembros de la familia y por la naturaleza, ya que todos disfrutaban regando las plantas y los árboles, observando cómo crecían, cómo echaban flores y frutos.
Los abuelos se marcharon y los hijos, que ya eran padres, también envejecieron pero nunca olvidaron sus orígenes, ya que la pobreza los acompañó durante mucho tiempo.
Y pasaron más años.
Los adelantos en la sociedad eran imparables: televisores en color sustituyeron a los de blanco y negro, los vídeos, los radios cassettes primero y los DVDs, después, se colocaron en el lugar de los antiguos tocadiscos. Los teléfonos se hicieron cada vez más pequeños y ya no necesitaban cables, ¡habían nacido los móviles!
Los hijos ya eran abuelos y participaban de esta carrera de adelantos casi sin darle tiempo para asimilarlos. Ellos se habían alimentado con habas secas, habían triturado el trigo y el maíz para hacerse el pan, habían recogido la aceituna a mano, cargándola sobre sus hombros, para llevarla al molino y que le dieran aceite. Habían conservado en sal los jamones de sus cerdos, para que se curaran (algunas veces se echaban a perder y tenían que tirarlos) y poder comerlos después. Y ahora se tiraba tanta comida, se compraba sin medida en los grandes supermercados donde las latas, botellas, paquetes se amontonaban formando pilas y pilas de alimentos como para alimentar a pueblos enteros.
No llegaban a entender por qué había que tener tanta ropa, de invierno, de verano, de entretiempo, de bodas, de diario, de piscina, de playa, de montaña…y cada día los más jóvenes se ponían delante del ropero y decían: “¿Y mañana qué me pongo? No tengo nada.”
Tampoco entendían por qué para celebrar la Nochebuena había que comprar kilos de comida, que luego se tiraba a la basura: langostinos, chuletones, solomillos, besugos, dulces, turrones, vinos, cervezas, champán, frutos secos, bombones… Y los más jóvenes se sentaban a la mesa y lo único que comían era la ensalada porque no querían engordar. ¡Cuando ellos eran jóvenes todos querían estar gordos y no podían!
Los abuelos de ahora, a pesar de ir con los nuevos tiempos, transmitían a sus hijos y a sus nietos el respeto por la naturaleza y su cuidado. Les enseñaban a sembrar, podar, hacer injertos en árboles, etc. También les enseñaban a reciclar, a ahorrar, a no despilfarrar, ya que para ser felices no hay que poseer y tirar muchos bienes materiales sino disfrutar de lo que se pueda tener.
Pero un día ocurrió algo que cambiaría la vida de esta familia. Sin verla venir llegó a este rincón, que era un jardín verde y florido donde los pájaros cantaban alegres y hasta las abejas se instalaban para hacer sus colmenas, la “civilización moderna”.
La generación más joven decidió que aquel lugar no era práctico, daba mucho trabajo cuidar árboles y plantas, recoger hojas secas en el otoño, y ensuciarse las suelas de los zapatos con el barro en invierno, así que trajeron unas máquinas y un plis plas arrasaron todo, hicieron desaparecer los muros de tierra llenos de historia, arrancaron higueras, almendros, granados, limoneros, olivos, moreras, rosales, yedras y demás plantas.
Con todo orgullo se atrevieron a sustituir, ante los ojos asombrados del ahora abuelo de la familia, árboles por hierros, tierra por cemento, flores por … ¡por nada!
Los pájaros dejaron de venir a este lugar, las abejas llenaron sus patas de miel y se marcharon, los perros pasaban de largo, las ratas buscaron otros estercoleros.
El abuelo, sentado en su sillón, cerraba los ojos y recordaba como en una película todo lo que le había tocado vivir (era lo que no le podían quitar: sus recuerdos), mientras ellos, los más jóvenes, subían la cerca de hormigón para no ver a los vecinos y no tener que compartir con ellos ni un saludo por las mañanas, y cerraban la cancela con un cerrojo y un candado para que no entraran los ladrones.
Y el abuelo se preguntaba, “¿Qué pasará cuando estos jóvenes sean abuelos? ¿Cómo estará este rinconcito? Menos mal que yo no lo veré.
Voy a regar mis geráneos…”
5-5-08

sábado, 5 de abril de 2008

Carta

Querida hija.
Hace siete años que naciste. Siete años levantándonos y acostándonos juntas.
Aún recuerdo el momento en el que supe que iba a ser mamá. No sabía si quería serlo o no. No sabía si sería capaz de criar a un bebé o no. Pero desde el primer momento te quise.
Todo ha pasado muy deprisa desde entonces. Los pañales y los biberones y papillas volaron rápidamente. Ya sabes comer tú sola y lavarte y vestirte.
Tuve que seguir trabajando en cuanto me encontré bien, después de tu nacimiento, porque la hipoteca del piso tenemos que pagarla, más las letras del coche, la luz, el agua, la comunidad de vecinos, las bombonas, las ropas, la comida…
Trabajo mucho, corro mucho y no tengo tiempo para estar contigo, para abrazarte y besarte. Tienes la piel tan suave…
Esta noche, cuando te he acompañado a la cama y te he arropado, te he mirado a los ojos, esos ojos tan lindos que tienes, los he notado tristes.
Te he visto triste, hija mía, y mi corazón se ha encogido.
Al decirte “Buenas noches. Hasta mañana”, tú me has contestado: “Mañana no quiero ir al colegio”. Entonces yo te contesté. “Mira, qué lista, yo tampoco quiero ir a trabajar. ¿Si no quieres ir al colegio, qué quieres hacer?” Y tú me contestaste con la mirada llena de tristeza: “Quiero quedarme aquí en casa contigo, mami”.
Me has partido el corazón. Me he perdido tus primeros siete años de vida.
No puedo seguir escribiéndote, hija. Las lágrimas no me dejan…

Conral, 5-04-08

domingo, 11 de marzo de 2007

Encuentros Enredados, por Conral



Obra escrita en dos actos.

PERSONAJES

MANUEL: Hombre de unos 75 años. Viudo.
DOLORES: Mujer de unos 72 años. Viuda.
SERGIO: 45 años. Hijo de Manuel. Padre soltero.
ANA: 40 años. Hija de Dolores. Madre soltera.
LOLITA: 17 años. Hija de Sergio.
LAURITA: 10 años. Hija de Ana.
MARISOL: 9 años. Sobrina de Ana y nieta de Dolores.


ACTO PRIMERO

El escenario estará dividido en dos partes representando las viviendas de las dos familias. Dos habitaciones prácticamente iguales de dos pisos interiores cuyas ventanas dan a un patio de luz y por las cuales los vecinos se saludan cada día, preguntándose por la salud, el tiempo y alguna cosilla más.
Al fondo de cada habitación estará la puerta de la calle. A la izquierda y a la derecha, las puertas que llevan al interior de las viviendas.
La pared que separa las habitaciones tendrá una ventana que simulará la del patio de luz.
La decoración de cada habitación será diferente en cuanto a cuadros, cortinas, lámparas, etc., pero en ambas habrá una mesa camilla, un sillón, dos sillas y un ordenador.
A la izquierda, la vivienda de Dolores, Ana, Laurita y Marisol.
A la derecha la de Manuel, Sergio y Lolita.
La acción transcurrirá desde la mañana a la noche de un día cualquiera del año.


ESCENA 1ª

(Sale Dolores por la izquierda muy arreglada y bien compuesta. A pesar de su edad le gusta seguir cuidando de su aspecto y desde por la mañana está con sus zapatos de tacón, sus collares y su bolso a punto, por si tiene que salir a la calle o por si llega alguna visita. Es sumamente ordenada, así que repasa que todo está en su sitio, suelta el bolso en la mesa y canta: “Yo soy una chica, una chica ye-yé. Con el pelo alborotado y las medias de color...”
Al mismo tiempo sale Manuel por la derecha con un batín de seda rojo, zapatillas de casa y un bastón. Lleva una revista doblada en el bolsillo y una radio en la mano, porque cada mañana le gusta oír las noticias, la suelta en la mesa y se acerca a la ventana para mirar al cielo.
Dolores mientras canta hace cosas, como abrir la ventana. Al ver a Manuel deja de cantar y actúa como la vecina mayor que es.)

DOLORES: (Por la ventana) Buenos días, Manuel.
MANUEL: Buenos días, Dolores.
DOLORES: ¿Cómo se ha levantado usted hoy?
MANUEL: Igual que todos los días...(Con resignación) Todos los días son iguales.
DOLORES: ¡Todos, no, hombre! ¿Usted cree que hoy va a llover? ¿Qué le ha dicho su pierna?
MANUEL: A mi pierna es mejor no escucharla, ni ella ni la radio aciertan. Cuando anuncian agua, sale el sol y cuando anuncian sol, hay nubes, así que...
DOLORES: ¡Pues sí que estamos apañados!

ESCENA 2ª

(Entra Ana por la izquierda y se dirige al ordenador).

ANA: Buenos días, mamá, voy a ver mi correo y salgo corriendo, que pierdo el autobús.
DOLORES: Buenos días, hija. (A Manuel) Hasta luego, Manuel.
MANUEL: Hasta luego, Dolores. (Mientras va para su sillón canta su canción favorita: “El trigo entre toas las flores ha escogío a la amapola y yo escojo a mi Dolores, Dolores, Lolita, Lola...” Se sienta y escucha la radio)

DOLORES: ¡Ana, hija,...te levantas y lo primero que haces es ponerte con el ordenador!
ANA: Mamá, ¿ya estamos? Tengo que ver mi correo y ya me voy.
DOLORES: (con sorna) Yo pensaba que el correo lo traía Paco, el cartero...
ANA: Tú no entiendes de esto, compréndelo.
DOLORES: ¡No!, yo no puedo comprender que ahora el cartero esté dentro de un cacharro, que sea un ordenador o como se llame...
ANA: Anda, mujer, mamá...déjame y ve a ver si las niñas han terminado ya de desayunar.
DOLORES: Claro, yo soy la que me tengo que encargar de las niñas, ¡pues tú eres su madre!



Si quieres leer la obra puedes enviarme un e-mail y yo te la mando.