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viernes, 2 de marzo de 2007

Era la noche


Era la noche. Cuando cabalgan las sombras de los árboles deambulando y escoltan indiferentes al camino que nunca sabe de dónde viene. Cuando el astro sin luz, redondo y altivo, se convierte en el espejo más brillante y manda sobre las copas de la arboleda sus tenues y a la vez persistentes rayos, única compañía alumbradora. Era ese momento en que las horas, ya sin brisa, se detienen . Y el tic-tac de los relojes suena armónico, sin prisas...acariciando el rostro frío del caminante.
Y...entre las sombras, el caminante. Con pasos cansados, pero seguros. Soportando el peso de su historia, el paso de sus años. Él, como el camino, sí sabe de dónde viene y, como el camino, no sabe dónde terminará su peregrinación. Sólo le acompaña la fuerza de que tiene que seguir, sin parar, hacia adelante...
A veces, eso sí, se detiene y descansa apoyando su cuerpo sobre una piedra que, generosa, ofrece su asiento sin pedir nada a cambio. Y mira a su alrededor contemplativo. Observa, mira, imagina ...
Han sido muchas las sombras que han caminado a su lado. Muchas también las luces que acariciaron su cuerpo a lo largo de su existencia. También hubo piedras que no siempre sirvieron para el merecido reposo, sino entorpecedoras, traidoras, amenazantes ...que interrumpían o daban un rumbo nuevo no deseado. Pero ahora ya es consciente de la utilidad de esos escollos. Nunca, (piensa mientras camina) cuando se tropieza con una piedra, se cae hacia atrás, siempre la caída, incluso a trompicones, es hacia delante. Eso le reconforta.
Y recuerda. Siempre, los recuerdos.
Recuerdos.
Recuerdos que se reflejan en las gotas de rocío que, como espejos, van jalonando una a una las piedras del viejo camino polvoriento. Recuerdos vivos. Recuerdos muertos. Trozos de un alma descompuesta y mil veces vuelta a componer. Así lo ve el caminante que sigue su destino. Desfachece, hay paradas largas y tropiezos cortos, pero no abandona, sigue caminando, porque junto a esos reflejos, también hay gotas que guardan sus deseos. Deseos y recuerdos. Y no elige, se queda con ambos.
Quien sí le da a elegir en ocasiones es el camino que se le abre como encrucijada. Recapacita, moja sus dedos ya con huellas del paso del tiempo, en alguna gota de rocío llena de recuerdos y también los refresca con una nueva gota de deseo. Y de esa mezcla surge un paso decidido hacia adelante.
Por entre las ramas de los árboles también ya cansados penetran hasta su rostro los rayos de luz del atardecer que lo iluminan y aún le permiten seguir.
Seguir. Ese es su deseo: seguir. Pese a que el atardecer ya vestido de oscuro abraza y se extiende alargando su tentáculos negros tapando las sombras. A pesar del cansancio oculto a veces tras la historia y que las arrugas de la noche surcan el rostro del camino y del caminante, el caminante quiere seguir. Sabe que al final del camino no hay una meta, que, en todo caso, la meta es el camino y tarde o temprano la alcanzará. O quizás sea ella quien lo encuentre.
Y en sus ratos de paz, mira para su pequeña alforja, ahora ya no sólo repleta de recuerdos que ha ido, como un pequeño coleccionista, guardando a lo largo de su vida. Hay también ungüentos que le han servido para cicatrizar heridas. Papeles bien doblados donde en otros tiempos escribía palabras sonoras o silencios escritos sólo para él. Y piedrecillas que son, unas hermosas, otras, que no sabe bien para qué ha ido guardando, pero también están ahí. Nada de lo que hay le pesa...Pero sigue, tal vez aburrido, quizá curioso de sí mismo, hurgando en su mochila y ...aún están ahí, unas viejas y sin embargo, vivas y llenas de olor. Son semillas. Semillas de rosas...Semillas de azucenas...Semillas de mil flores diferentes.
En ese momento, cuando la oscuridad lo llena todo, cuando no entra ya ningún rayo de luz por entre las rendijas de las ramas...entonces es cuando se ilumina su rostro. Ya sabe que su camino tiene un motivo. Que su marcha por ese sendero puede aún ser útil. Y no se encuentra solo. El viento sopla sin daño pero insistente, la tierra parece susurrarle, unas gotas de lluvia caen suaves en su rostro. Sus tres aliados. Y él, enérgico y cariñoso a la vez, esparce las semillas a ambos lados del camino y van cayendo, unas entre la hierba, otras entre las rocas, otras, en el mismo camino. Él no las verá crecer. Pero también sabe que detrás, como otros fueron antes, vendrán más personas, habrá más que disfrutarán de los colores, de los aromas y seguirán caminando. Ahora, una leve sonrisa dibujada en sus labios ilumina sus pasos. El caminante sigue, recuerdos, silencios, versos, vida..., hacia adelante.
pi-aio

domingo, 18 de febrero de 2007

APUNTES BREVES DE UN RELATO CORTO

.......
Las moléculas de mi cuerpo, todas las moléculas, empezaron a desintegrarse rápidamente hasta difuminarme en el aire limpio que me rodeaba. Y atravesé como un espectro el marco de la ventana. Yo seguía siendo yo, mi mente seguía intacta, pero algo había cambiado dentro y fuera de mí. No había luz alguna, no relucían algún color o forma, todo, o mejor, nada. Era la nada. No había nada.

¡Espera…! Algo empieza a surgir. Algo comienza a verse. No verse, no. No tengo ojos, no tengo cara. Es algo más profundo, que llega e inunda mi conciencia. Es curioso, el miedo que me acompañaba antes de cruzar ha desaparecido. Por el contrario, un aire fresco de felicidad, de dulzura, de tranquilidad y sosiego va llenando mis pulmones, pero ¿qué pulmones…?

Todo debería ser incomprensible para mí, yo, que siempre había sido un cobarde, que nunca me había atrevido a dar dos pasos sin que mis pies se preguntaran uno al otro si podían o no seguir… Y sin embargo, o, mejor, con todo el embargo de esta nueva situación, aquí estaba libre de temores, libre de ataduras, incluso, las corporales.

Paulatinamente me fui dando cuenta de la nueva dimensión en que me encontraba. Estamos acostumbrados a las tres dimensiones de la realidad, a las que, a veces, añadimos el tiempo. Pero esta era distinta, en un solo plano, pero no era un plano, de una sola mirada, que tampoco era tal por la ausencia de mis ojos… Podía acercarme, oler, tocar, percibir con todos mis sentidos en uno solo. Podía ver, en esa única imagen, todos los tiempos de mi vida anterior, de la presente y de la que aún no he tenido, fundidos en un único mensaje. Cientos de personas que han pasado por mi vida o yo por la suya, o caras desconocidas, quizás por pertenecer a un futuro o a cualquier otra entidad real o imaginaria. Infinitos y maravillosos paisajes, animales de las más diversas épocas… En fin, la nada se había convertido en el todo.

No puedo, ahora, ya pasada la experiencia, relatar con mis palabras lo que sentí, si ese es el verbo indicado, o lo que viví, pero temo aún quedarme corto con ese otro. Sólo, podría compararlo con el mayor de los placeres, el más grande y hermoso de los orgasmos, la más preciosa y bella obra de arte y, aún así, me seguiría quedando corto. Quizás sea esa la mejor forma de explicarlo: PLACER, inmenso, incontenible, placer no concentrado en un sentido, o mejor, en todos los sentidos juntos, expansivo… deseoso de ser compartido.

Aunque pronto se hizo la noche, aunque no calculé el tiempo que estuve al otro lado de la ventana, una vez recobrada mi presencia habitual y mis moléculas habían vuelto a sus órganos y yo a tener cara, ojos, manos… hoy puedo decir que me gustan más mi cara, mis ojos y mis manos, que la vivencia de ese viaje a la nada y al todo ya pertenece a mi vida.
Relato de pi-aio
(FIN)

martes, 13 de febrero de 2007

APUNTES BREVES DE UN RELATO CORTO

Y ahora ya la tengo. La naturaleza me la había regalado. Ya puedo traspasar los límites de mi finitud. Mis ojos pueden ver más allá de lo que hasta ahora lo hacían y, ¿qué verán?... ¿qué habrá detrás de esos limpios cristales? Siento miedo o, al menos, desconcierto. ¿Qué me encontraré? ¿Me hará más feliz? ¿Me pondrá más triste…?

Algo tan simple como una ventana está rodeado quizás de demasiadas preguntas. Mezcla de miedos, temores, esperanzas e ilusiones recorren mis anquilosadas neuronas, hasta ahora acostumbradas a la quietud, a no sentirse sorprendidas más que con la luz suave de cada nuevo amanecer. Y estoy aquí, solo ante ella.

Bueno, ¡basta ya…! La voy a abrir. Siempre he sido valiente. No dudo más.

En ese momento, mis pasos abandonan la apacible sombra del árbol y me dirijo a la ventana que, primera sorpresa para mí, empieza a abrirse sola al tiempo que me voy acercando. Me detengo y ella se detiene. Es como si un mecanismo interno e invisible hubiera unido mis pasos y su movimiento, como si las mismas órdenes guiaran sus hojas y mis músculos. Sigo, pero ahora más lento, con cuidado y ella, encadenada a mí, o tal vez al contrario, hace lo mismo. Lentamente se va abriendo con la velocidad de un atardecer y nos vamos acercando.

A mi alrededor han callado los pájaros, la cigüeña, eréctil, mira, despreocupada, porque no va con ella, hacia otro lado y hasta los lirios parecen no enterarse que paso sin dañarlos sobre ellos.

Ahora sí, frente a frente, ella con su ingravidez y yo, que cada vez siento más pesado mi cuerpo. Mi mirada, mis ojos que en los últimos momentos habían desviado su trayectoria hasta ver sólo mis pies, empiezan a abrirse tanto como pueden y dirigen su atención, pausadamente, al centro de la ventana. ¡Oh! ¡No es posible! ¡No es posible!

pi-aio

(Continuará)

domingo, 11 de febrero de 2007

APUNTES BREVES DE UN RELATO CORTO

Era una mañana de primavera. Como todos los jueves decidí salir a dar un paseo al campo. Era mi día libre. Mi día de libertad. El que yo había elegido.

Pronto mis pasos fueron abandonando el trasiego urbano de inmuebles y ruidos y me fui adentrando apaciblemente por una pequeña senda hasta ahora desconocida para mí y llegué a un lugar que parecía encantado por su tranquilidad, donde la naturaleza, ella y yo, estábamos solos. Podíamos meditar, hacer o no hacer… gritar o susurrar…

En el cielo se extendía todo un mosaico de nubes y, entre ellas, una destacaba gris y plateada. ¡Qué extraño! No amenazaba lluvia ni tormenta, sino paz. Y dejaba pasar algunos rayos del tímido sol de la mañana. Me reconfortó mirarla.

Los lirios silvestres amarillos y verdes coloreaban aquel paisaje, pero, curiosamente, donde más había era en los pies quietos y robustos de una encina, sólo de una, de la que no sabría decir su edad. Allí se unían la sombra de una hermosa copa, la luz y el color, además de un abanico de fragancias y aromas de primavera. Era una encina abierta, sin podar, pero… le faltaba una rama. Alguna hormiga tímidamente recorría su bello tronco. En lo más alto de su frondosidad, entre sus grandes y pobladas ramas, anidaban las más diversas aves: ruiseñores, petirrojos, y… una cigüeña, sí, una cigüeña esbelta, seria con la seriedad que le da el saberse importante en la leyenda del origen de la vida o quizás, por su perspectiva… No sé. De pronto, al girar la encina, me sorprendí, ¿qué era eso? ¿Qué flotaba en el aire pesado y ágil al tiempo?

No puede ser, no puede ser, me dije… Era una ventana, una ventana de madera suspendida por un arte desconocido para mí. Y lo comprendí todo… Aquella rama que le faltaba a la encina, tal vez ella misma, la había utilizado para crearla y me la había regalado porque sabía que yo no tenía ventanas…
pi-aio
(continuará)