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martes, 27 de mayo de 2008

Los conejos

Estaba anocheciendo cuando llegaron mi padre y mi hermano, arrastrando los pies de cansancio, a la puerta de la casa. Yo al oír sus pisadas, que conocía perfectamente, salí corriendo y de un salto me subí a los brazos de mi padre, que riendo me sujetó y me dijo: “Hola, hijo, qué grande estás, pronto no podré contigo”. Me dio un beso en la mejilla y yo olí su olor a sudor, ese olor que tenían los hombres después de estar todo el día en el campo.

Como siempre cogí el talego de mi padre y entré a casa corriendo para llevarlo a la cocina, donde estaba mi padre terminando de preparar la cena. Abrí la bolsa de tela y saqué los restos de comida que traían mi padre y mi hermano: un trozo de pan duro, un poquito de queso liado en un papel y una naranja. Yo buscaba el trocito de morcilla para comérmela, pero hoy no venía, así que pensé que se la habían comido y no me habían guardado a mí que tanto me gustaba.

Cuando mi padre entró a la cocina después de haberse lavado y cambiado de ropa, todos nos sentamos alrededor de la mesa: mi hermano de doce años, mi hermana de siete, mi madre y yo, que era el más pequeño pues sólo tenía cinco años.
En el centro de la mesa había una maceta de gazpacho migado con pan y al lado una fuente de papas fritas. Todos fuimos cogiendo patatas y unas cucharadas de gazpacho. Estaba muy bueno. Lo había hecho mi madre con el amor que ella ponía para hacer el gazpacho que tanto gustaba a mi padre. Todas las noches de verano cenábamos lo mismo.

Cuando terminamos nos fuimos a dormir ya que estaba muy oscuro y no podíamos estar sin luz para alumbrarnos, además de que mi padre y mi hermano estaban muy cansados.
Mi hermano se acostaba en una cama hecha en la calle de paja, porque así estaba más fresco. Antes de irse para acostarse le dijo a mi padre: “Papa, mañana no quiero ir.” Y mi padre, con voz cansada a pesar de ser un hombre joven, le contestó: “Anda, hijo, acuéstate y descansa. Mañana iremos a donde nos mande el señorito”. “Pero, yo no quiero ir a cazar conejos. No quiero matar más conejos”. “Acuéstate, hijo. Iremos a donde nos manden”.

Yo me acostaba en una cama pequeña que había en el cuarto de mis padres. Me acostaba con mi hermana y siempre nos peleábamos antes de dormir y mi madre nos tenía que reñir. Aquella noche me dijo mi hermana susurrando: “Como te mees esta noche, mañana te corto la picha”. Yo no contesté, pero me puse las manos entre las piernas y encogido me volví de espaldas a ella. Así me dormí.

No sé cuánto tiempo había transcurrido desde que nos acostamos pero de pronto me despertó la mano de mi hermana tapándome la boca mientras me abrazaba. Yo no sabía qué pasaba pero sentí voces en la calle. Voces de hombres y la voz de mi madre que gritando decía: “No os los llevéis, que ellos no han hecho nada. A mi hijo, no, que sólo es un niño. No os lo llevéis, por favor”. Mi madre gritaba y lloraba.

Mi hermana y yo permanecimos abrazados en la cama sin movernos, casi sin respirar, y empezamos a llorar también. ¿Quiénes se llevaban a mi padre y a mi hermano? ¿Por qué se los llevaban y mi madre lloraba? ¿A dónde los llevaban?
Al poco rato entró mi madre en el cuarto sonándose la nariz. Los hombres se habían marchado pues no se oía a nadie en la calle. Ella se acercó a nuestra cama, nos arropó y nos besó. No dijo nada. Nosotros tampoco.

Aún era de noche cuando mi madre nos despertó a mi hermana y a mí. Nos dijo que nos vistiésemos que íbamos a ir a casa de nuestra abuela. Nos dio unas bolsas hechas de tela a cada uno y ella se colgó un gran bulto a la espalda. En los bolsillos nos metió un trozo de pan y otro de queso y sin darnos más explicaciones nos cogió de la mano y empezamos a andar. Apenas se veía el camino, pues aún no había amanecido y la noche había sido muy oscura ya que ni la luna había salido.

Yo fui todo el camino agarrado a la mano de mi madre, mas bien ella tiraba de mí. Sólo paramos una vez a la sombra de una encina para comernos el pan y el queso. Yo tenía mucha sed y ella me dio agua de una cantimplora de plástico que mi padre me trajo como regalo un día que fue a una feria. Estando sentados en el suelo, a la sombra de la encina, mi hermana se atrevió a preguntar: “Mama, ¿a dónde se han llevado a papa y al nene?”. Mi madre se encogió de hombros y sin decir una palabra empezó a llorar. Nosotros la abrazamos y ya no volvimos a pronunciar ni una palabra.

Estaba anocheciendo cuando llegamos a casa de mi abuela, que estaba a las afueras de un pueblecito muy pequeño. La puerta estaba abierta y sin llamar entramos. Mi abuela estaba en la cocina pelando patatas cuando nos vio aparecer. Al ver a mi madre con el bulto a la espalda y a mi hermana y a mí cogidos de su mano, se puso de pie de un salto, tiró el cuchillo y corrió a abrazarnos. Como íbamos sucios por el polvo del camino y el sudor, nos mandó al patio donde había unos cubos con agua para que nos laváramos las manos y la cara antes de darnos de comer.
Mientras mi hermana y yo estábamos en el patio escuchamos hablar a mi madre y a mi abuela en la cocina. Mi madre decía: “Mama, se los han llevado y los han matado. Y ellos no han hecho nada. Ellos hicieron lo que les mandó el señorito, que mataran muchos conejos para la fiesta que iban a hacer. ¡Ay, mama, qué pena más grande!”
Y mi abuela con una voz llena de pesar y tristeza le dijo: “Llora, hija, llora, que los pobres no tenemos más que eso, lágrimas” Y mi madre emitió un grito de dolor, arrancado del corazón, que me recordó al del cochino cuando mi padre le clavaba el cuchillo en el cuello para matarlo y hacer la matanza.

De nuevo mi hermana y yo nos abrazamos y empezamos a llorar. Nosotros también repetíamos: “Si no han hecho nada, si sólo fueron a cazar conejos”…

Yo no entendía nada, pero en aquel momento me di cuenta que nunca más volvería a abrazar a mi padre, ni volvería a jugar a pillar con mi hermano.

Conral, 24-05-08

lunes, 19 de mayo de 2008

MANOS CON HISTORIA (Cuento)


Había una vez un rinconcito en la tierra donde sólo había higueras de higos chumbos, piedras y alacranes. Un lugar no muy atractivo para vivir al que llegó una familia, un matrimonio con sus hijos e hijas, y se instaló en una pequeña casa. Las paredes eran de tierra, en el techo había unas vigas de madera llenas de carcoma y el tejado con tejas viejas, muchas rotas, por las que entraba el agua en los lluviosos días de invierno.
Tenían unas gallinitas que les proporcionaban huevos y carne, y un cerdo, al que alimentaban con las bellotas que recogían de las encinas del campo.
Cuando el cerdo estaba lo bastante gordo era sacrificado para hacer la ansiada matanza: chorizos, morcillas, tocinos, jamones, asaduras, todo era aprovechado y se guardaba en sal para irlo consumiendo a lo largo del año.
Había poco trabajo en aquel lugar y los hijos varones de este matrimonio pronto emigraron a otros pueblos donde poder ganar dinero y labrarse un futuro. El padre y la madre los vieron partir, con el hatillo de ropa, y se quedaron con el corazón roto por el dolor ya que desconocían tanto el lugar que acogería a sus hijos, como en qué trabajarían, dónde se alojarían, etc.
Las hijas se quedaron con sus padres y también trabajaban en el campo para poder hacerse sus ajuares ya que sabían que su destino sería casarse y tener, a su vez, hijos.
Ese trabajo de sol a sol, pasando en los cortijos meses según las épocas: cogiendo aceituna, segando trigo, recogiendo algodón, etc. Con sueldos muy humildes pero que les hacían soñar con una vida mejor. A pesar de todo los muchachos y las muchachas aprovechaban las noches y los días de fiesta para cantar y bailar y divertirse todo lo que podían.
El modo en que vivía esta familia hoy nos puede parecer inconcebible ya que no tenían luz eléctrica, se alumbraban con un candil de aceite y más tarde con un carburo. Tampoco tenían agua potable, así que debían ir a los pozos y traer el agua en cántaros o en cubos a la casa.
Pasados unos años se atrevieron a hacer un pozo delante de su casita, pero como tenían que utilizar las herramientas que poseían: palas, picos, cubos y sus manos, pues lo ahondaron muy poco, ya que además uno de los hombres se metía en el pozo atándose una cuerda a la cintura, y otro se quedaba fuera para tirar y sacarlo. El que estaba dentro cavaba la tierra, llenaba el cubo con ella y el que estaba fuera lo sacaba tirando de la cuerda. Cuando llevaban un metro, más o menos, ahondado, encañaban el pozo, poniéndole ladrillos por toda la circunferencia. Al llegar a unos metros con una profundidad que consideraban suficiente (ocho o diez metros) si el pozo no manaba agua, lo dejaban para que se llenara al menos en invierno con el agua de las lluvias.
La casa constaba sólo de una habitación-dormitorio con una cama de matrimonio y otra individual donde se acostaban todos los miembros de la familia, un portal y una cocina en el patio o corral. Los muebles eran escasos. Además de las camas tenían una cómoda donde guardaban tanto la ropa de vestir como las sábanas y toallas, una mesa, varias sillas y en la cocina otra mesa con un cajón donde se guardaban los cubiertos y los restos de comidas como chorizos, morcillas, queso, etc.
No había cuarto de baño, así que tenían que hacer sus necesidades fuera de la casa, entre las chumberas. Tampoco había contenedores de basura por lo que los desperdicios que no se les echaban al cerdo o a las gallinas, se depositaban en el estercolero donde se descomponían convirtiéndose en mantillo para el huerto. Detrás de todas las casas había un estercolero donde se podían encontrar muchas cosas que los niños utilizaban para jugar. Por supuesto no había botellas de plástico, ni tetrabricks, ni bolsas de plástico, ni latas de conservas, ni…
Todos los días hacían el mismo menú: el cocido (garbanzos con tocino, sin carne), del que se sacaba caldo para dárselo a los niños migado con pan (las sopitas de la olla). Por la noche se comían patatas fritas con huevos y para merendar o desayunar un trozo de pan con aceite y azúcar. También en verano se comían naranjas picadas con aceite y azúcar y buenas macetas de gazpacho migado con pan, o salmorejo que también se comía mojando sopas de pan. Sólo cuando algún miembro de la familia enfermaba, principalmente los niños, se compraba un poquito de jamón o una tableta de chocolate.
Esta familia no tenía radio ni televisión y cuando anochecía se iban a la cama para poder madrugar al día siguiente. Sólo en las noches de verano se acostaban más tarde ya que hacían una cama en la calle con paja y se contaban cuentos e historias mientras miraban el cielo lleno de estrellas.
Esta familia era muy humilde y sólo poseían el trocito de tierra que rodeaba la casa. Cuando una de las hijas se casó los padres le dejaron construir unas habitaciones al lado de su casita y así la familia seguía unida.
Fueron pasando los años y el aspecto de la casa y del terreno fue cambiando. Arreglaron los tejados, subieron los techos, enlosaron los suelos, enlucieron las paredes de tierra, que siempre tenía exceso de humedad, llenaron los patios con macetas de flores y en el exterior sembraron plantas y árboles frutales (un ejemplar ya que había poca tierra): un naranjo, un limonero, un peral, algunos olivos, las higueras, la parra, el albarillo, el ciruelo, el granado, …
La variedad de flores fue aumentando tanto que después de unos años había toda clase de plantas ornamentales. Aquel rinconcito se había convertido en un jardín botánico.
Llegó la luz eléctrica al lugar y con ella la radio y la televisión. También instalaron el agua potable e hicieron los cuartos de baño.
Todo mejoró. Ya no había que meter la sandía en el pozo para que se enfriara en verano antes de ser comida, pues también se compraron un frigorífico.
Ya no había que calentar las planchas de hierro en la candela para planchar la ropa, pues se compraron la plancha eléctrica.
Ya no había que hacer el salmorejo a mano en la maceta pues también se compraron la batidora.
Tampoco tenían que ir ya a lavar la ropa al arroyo, ni acarrear el agua con los cántaros en la cintura, ni restregar con el jabón sobre la restregadera en el barreño de cinc, pues pudieron comprarse la lavadora, no la automática, pues había que echarle el agua con un cubo, pero era de una comodidad increíble (la automática llegó más tarde)
La cómoda donde guardaban la ropa de toda la familia fue cambiada por varios armarios roperos para guardar el amplio vestuario. Antes tenían la misma ropa para el invierno y para el verano, después tenían más cantidad de ropa de la que hubieran podido imaginar.
Y llegó el teléfono. Este adelanto asombró a los abuelos, pues ya podían oír la voz de los hijos que vivían lejos, muy lejos.
El paso de los años hizo que tuviesen mejor calidad de vida, sin duda. Alimentos, ropa, medicinas, luz, agua, un sueldo básico bien administrado, hacía que todos se sintiesen felices.
Un día, al lado de la bicicleta y delante de la casa, aparcó un seiscientos, ¡era el primer coche de la familia!. Más tarde pudieron comprar otros coches.
Padres, hijos, nietos, biznietos, se fueron haciendo en aquel humilde lugar, se formaron culturalmente y, sobre todo, familiarmente, pues se transmitieron de unos a otros el amor y el respeto por todos y cada uno de los miembros de la familia y por la naturaleza, ya que todos disfrutaban regando las plantas y los árboles, observando cómo crecían, cómo echaban flores y frutos.
Los abuelos se marcharon y los hijos, que ya eran padres, también envejecieron pero nunca olvidaron sus orígenes, ya que la pobreza los acompañó durante mucho tiempo.
Y pasaron más años.
Los adelantos en la sociedad eran imparables: televisores en color sustituyeron a los de blanco y negro, los vídeos, los radios cassettes primero y los DVDs, después, se colocaron en el lugar de los antiguos tocadiscos. Los teléfonos se hicieron cada vez más pequeños y ya no necesitaban cables, ¡habían nacido los móviles!
Los hijos ya eran abuelos y participaban de esta carrera de adelantos casi sin darle tiempo para asimilarlos. Ellos se habían alimentado con habas secas, habían triturado el trigo y el maíz para hacerse el pan, habían recogido la aceituna a mano, cargándola sobre sus hombros, para llevarla al molino y que le dieran aceite. Habían conservado en sal los jamones de sus cerdos, para que se curaran (algunas veces se echaban a perder y tenían que tirarlos) y poder comerlos después. Y ahora se tiraba tanta comida, se compraba sin medida en los grandes supermercados donde las latas, botellas, paquetes se amontonaban formando pilas y pilas de alimentos como para alimentar a pueblos enteros.
No llegaban a entender por qué había que tener tanta ropa, de invierno, de verano, de entretiempo, de bodas, de diario, de piscina, de playa, de montaña…y cada día los más jóvenes se ponían delante del ropero y decían: “¿Y mañana qué me pongo? No tengo nada.”
Tampoco entendían por qué para celebrar la Nochebuena había que comprar kilos de comida, que luego se tiraba a la basura: langostinos, chuletones, solomillos, besugos, dulces, turrones, vinos, cervezas, champán, frutos secos, bombones… Y los más jóvenes se sentaban a la mesa y lo único que comían era la ensalada porque no querían engordar. ¡Cuando ellos eran jóvenes todos querían estar gordos y no podían!
Los abuelos de ahora, a pesar de ir con los nuevos tiempos, transmitían a sus hijos y a sus nietos el respeto por la naturaleza y su cuidado. Les enseñaban a sembrar, podar, hacer injertos en árboles, etc. También les enseñaban a reciclar, a ahorrar, a no despilfarrar, ya que para ser felices no hay que poseer y tirar muchos bienes materiales sino disfrutar de lo que se pueda tener.
Pero un día ocurrió algo que cambiaría la vida de esta familia. Sin verla venir llegó a este rincón, que era un jardín verde y florido donde los pájaros cantaban alegres y hasta las abejas se instalaban para hacer sus colmenas, la “civilización moderna”.
La generación más joven decidió que aquel lugar no era práctico, daba mucho trabajo cuidar árboles y plantas, recoger hojas secas en el otoño, y ensuciarse las suelas de los zapatos con el barro en invierno, así que trajeron unas máquinas y un plis plas arrasaron todo, hicieron desaparecer los muros de tierra llenos de historia, arrancaron higueras, almendros, granados, limoneros, olivos, moreras, rosales, yedras y demás plantas.
Con todo orgullo se atrevieron a sustituir, ante los ojos asombrados del ahora abuelo de la familia, árboles por hierros, tierra por cemento, flores por … ¡por nada!
Los pájaros dejaron de venir a este lugar, las abejas llenaron sus patas de miel y se marcharon, los perros pasaban de largo, las ratas buscaron otros estercoleros.
El abuelo, sentado en su sillón, cerraba los ojos y recordaba como en una película todo lo que le había tocado vivir (era lo que no le podían quitar: sus recuerdos), mientras ellos, los más jóvenes, subían la cerca de hormigón para no ver a los vecinos y no tener que compartir con ellos ni un saludo por las mañanas, y cerraban la cancela con un cerrojo y un candado para que no entraran los ladrones.
Y el abuelo se preguntaba, “¿Qué pasará cuando estos jóvenes sean abuelos? ¿Cómo estará este rinconcito? Menos mal que yo no lo veré.
Voy a regar mis geráneos…”
5-5-08

sábado, 5 de abril de 2008

Carta

Querida hija.
Hace siete años que naciste. Siete años levantándonos y acostándonos juntas.
Aún recuerdo el momento en el que supe que iba a ser mamá. No sabía si quería serlo o no. No sabía si sería capaz de criar a un bebé o no. Pero desde el primer momento te quise.
Todo ha pasado muy deprisa desde entonces. Los pañales y los biberones y papillas volaron rápidamente. Ya sabes comer tú sola y lavarte y vestirte.
Tuve que seguir trabajando en cuanto me encontré bien, después de tu nacimiento, porque la hipoteca del piso tenemos que pagarla, más las letras del coche, la luz, el agua, la comunidad de vecinos, las bombonas, las ropas, la comida…
Trabajo mucho, corro mucho y no tengo tiempo para estar contigo, para abrazarte y besarte. Tienes la piel tan suave…
Esta noche, cuando te he acompañado a la cama y te he arropado, te he mirado a los ojos, esos ojos tan lindos que tienes, los he notado tristes.
Te he visto triste, hija mía, y mi corazón se ha encogido.
Al decirte “Buenas noches. Hasta mañana”, tú me has contestado: “Mañana no quiero ir al colegio”. Entonces yo te contesté. “Mira, qué lista, yo tampoco quiero ir a trabajar. ¿Si no quieres ir al colegio, qué quieres hacer?” Y tú me contestaste con la mirada llena de tristeza: “Quiero quedarme aquí en casa contigo, mami”.
Me has partido el corazón. Me he perdido tus primeros siete años de vida.
No puedo seguir escribiéndote, hija. Las lágrimas no me dejan…

Conral, 5-04-08

sábado, 14 de julio de 2007

A veces vendería mi tiempo a la eternidad por tener tan solo un sueño al que volver a abrazar...


-Mantén los pies sobre la tierra...
- ¿Para qué? El mundo es tan pequeño y asfixiante aquí abajo...
- Te vas a caer...
- Al menos yo pude volar. ¿Qué alcanzaste en tu vida tú desde los zapatos de la realidad?Cuéntame el placer que te da la rutina, la estabilidad y sensatez, ofréceme quedarme en este lado de la avenida donde están todos, porque si cruzo seré una loca más...
- Eres incompatible con la vida. Demasiado drástica...
- ¿Y qué? Es mi locura...¡Ignorante maleducado!El 40% de lo que tocas es pared, el otro 60% es pensamiento...Y para algunos afortunados como yo es el 80...
- ¿Qué pretendes?
- Concienciarte. Que no es la calle lo que seduce sino los sueños, que no son las personas las que enamoran, sino los sueños.
- Soy feliz.
- ¿Sabes lo que has dicho?
- Tengo una casa, una familia, un trabajo...Compro lo que quiero...
-¡Alienación! ¡Incosciente!Duermes bajo un techo y cada noche sabes que sientes que no es tu hogar, firmaste el contrato de envejecer junto a personas que ni siquiera pudiste escoger, ni te escogieron a ti, compañeros de mugrientas discusiones y absurdos silencios. ¿En qué trabajas?¿Dinero?¿Placer?Seguro que compraste ya tu terrenito en el cielo, y ni tan siquiera has estado previamente en él...
- ¿A dónde vas?¡Es peligroso!
- Hace un día lluvioso. Me gusta la bohemia.
-Te vas a caer...
- Sin embargo yo me alcé en el vuelo, y puedo decir a consciencia que si escojo hoy ser sierva de mis sueños es porque la realidad corrompe mis entrañas, corroe mis fuerzas y esperanzas, siembra mi indecisión y acostumbra a mi tiempo a llevarse mis anhelos hasta la perdición...
- Estás loca...
- Eso ya lo has dicho. Fíjate si es rica tu vida, que ni tan siquiera tienes algo que crear. No me busques. No soy compatible con la realidad...


Con la sonrisa despeinada de ir en contra de los vientos...

domingo, 6 de mayo de 2007

ROCÍO

La tarde estaba triste, el sol no brillaba, y las nubes ennegrecían el cielo. Ahí, sentado frente a mi ventana, miraba la gente pasar. De pronto el teléfono que suena.
- Hola
- Hablo con la casa de Juan Ramírez?
- No señorita, está equivocado.
- No puede ser, Juan me ha pasado este teléfono y es la única conexión que tengo con él. Necesito hablar con urgencia con él.
- Pero aquí no vive ningún Juan Ramírez?
- Es que lo necesito.
- Y en que puedo ayudarla?
- Juan , me ha dejado este teléfono, me ha dicho que si yo tuviera un momento malo que lo llamara, y estoy en uno de esos momentos. Me quiero suicidar.
Las ultimas palabras atormentaron el corazón de Jorge.

Y ese tormento que abrigaba su mente no era sino el recuerdo de lo que años atrás él mismo, sí, Jorge, había vivido en su propia carne.Su vida era monótona. Sus pasos eran monótonos, de casa al trabajo y, ya cansado, del trabajo a casa. Sin más ilusión, sin más esperanzas...
Hacía ya dos meses que se encontraba solo. La única sonrisa que veía cada mañana y que recordaba a lo largo de todo el día...se había ido. Ya no sonreía. Ya no lo miraba cuando se despedía y atravesaba la puerta chirriante de su vieja casa. Ella había muerto y él, ya sin ánimo, sin luz... sin sonrisa, no deseaba sino la muerte.Por eso la llamada que había recibido lo transportó a su mismo interior y le hizo revivir lo que nunca hubiera querido vivir.

A pesar de su vida, y sobre su vida, contestó:
- No es la casa de Juan, pero, ¿puedo ayudarte?
- No sé, quizás, tal vez.....
- Dime qué te pasa...
- Es que en Juan confiaba y...
- Bueno, yo soy Jorge y puedes confiar en mí. Alguna vez he pasado un trance como el tuyo. Dime.
- Es que no sé como empezar.
- Por el principio. Estoy para escucharte.

- No sé cuál es el principio. No sé ni cuándo ni cómo se inició esto que me está pasando.
- Pero... ,empezó a balbucear él.
- Pero así no puedo seguir, dijo ella interrumpiéndolo.
Cuántas veces él se había dicho esas mismas palabras: "así no puedo seguir" y, sin embargo, de sus labios brotaron las palabras mágicas:
- Sigue. Vive. Por favor, no te vayas.
- Pero, ¿a ti qué te importa si yo me suicido? No quiero seguir viviendo. Estoy muy sola.
- Eso no es motivo. Cuéntame al menos qué te pasó.
- Me ha dejado. Me llamó y me dijo que no volvería. Ni siquiera fue capaz de decírmelo a la cara.
-¡Cobarde!
- La soledad es mala. Da tiempo a pensar muchas cosas. Ya le he dado vuelta a mi vida y he decicido que así no vale la pena seguir, que ya he sufrido demasiado...
-¿De qué conoce usted a Juan, señorita?
- Juan es mi hermano.

Jorge se quedó de piedra. No sabía que Juan tenía una hermana, nunca se lo había dicho. Compartían piso desde hacía dos años, habían hablado mcuhas veces de ellos, de sus vidas, pero nunca le contó Juan nada sobre su familia y él no había querido preguntar demasiado, por respeto.Después de unos segundos de silencio ella dice:
- ¿Sigue usted ahí?
- Sí, sí, perdona. ¿Cómo te llamas?.
- Rocío. Me llamo Rocío, pero seguramente Juan no le habló de mí, ¿verdad?.
- No, nunca me habló de ti, pero eso no importa ahora. Tú llamaste aquí para hablar con él porque tienes un problema. Él no está en estos momentos, pero yo estoy seguro que te diría lo mismo que yo.
- ¿Y usted qué sabe lo que él me diría? ¿Usted lo conoce bien, lo conoce tanto como para afirmar esto que dice? No. No. Usted se equivoca.

Jorge quedó unos minutos en silencio que a ella le parecieron interminables. Caía la tarde en ese momento. El bullicio que apenas media hora antes se dejaba oír por las calles iba, como la luz, haciéndose poco a poco menos notorio.
- Escucha, Rocío...tu hermano en este momento no puede hablar contigo. Hace ya unos días que salió de la ciudad (no fue capaz de decirle toda la verdad). Pero lo que sí te puedo asegurar es que me gustaría ayudarte.
- Te creo.
-¿Dónde estás?
- Cerca de los Grandes Almacenes, en una pequeña cafetería.
-¿Te gustaría que siguiéramos hablando, pero en persona? Hay cosas que se entienden mejor acompañadas de miradas o de silencios. Si me dices la dirección estoy ahí en unos minutos.
- No. Prefiero acercarme yo. El centro me agobia. Demasiada gente. Demasiado tráfico. Demasiada nada...
-Hecho. ¿Conoces El Sol, el bar que hay al comienzo del parque de los patos?
- Sí, claro, El Sol. Sé dónde es. Estaré allí en 20 minutos.
- En veinte minutos. Nos vemos entonces, no te costará trabajo reconocerme. A esa hora estará solo Rosa, la dueña y yo, esperándote.
-Chao.
-Hasta dentro de un rato.

Jorge llegó primero y tomó la mesa frente a la ventana.
Rocío, frágil, delgada como una hoja, despeinada, con un abrigo desalineado, con la cara lavada, los ojos hinchados de llorar, despeinada, entró 10 minutos después.
Lo vio a Jorge sentado frente al ventanal y sin decir palabra se sentó a su mesa.
Se miraron fijo. Ninguno se atrevía a pronunciar palabras. Ella sacó un atado de cigarrillos y encendió, temblando, uno. Las bocanadas de humo llenaron el ambiente.
El silencio seguía.
- No puedo más - dijo Rocío.
- Y sin embargo estás aquí. Algo más puedes.
Rocío rompió en llanto.
Jorge sólo la miraba.
- Sí, estoy aquí, pero en realidad no quisiera estar en ningún lado. La vida es absurda. Son absurdas las personas....
- ¿Te parezco absurdo? - preguntó Jorge interrumpiéndola.
- No lo digo por tí. Tienes algo. Primero tu voz, ahora tu presencia e interés...pero me han pasado tantas cosas...
- A mí también, y sin embargo estoy aquí para escucharte.
Ella lo miró y comprendió de pronto que todo lo que le pasaba no tenía sentido. Que llorar por alguien, era solo llorar, y que perder la vida por alguien era mucho más. Se dio cuenta de pronto que había otras posibilidades, otras salidas, otras formas de afrontar lo sucedido.

Jorge interrumpió sus pensamientos con una pregunta, y por unos instantes su mente quedó en blanco.
-Perdona ¿qué me has dicho?
-¿Quieres pasear por el parque?, volvió a repetir Jorge con una sonrisa en los labios, hay algo allí al otro lado del parque que me gustaría enseñarte,
-No me apetece mucho caminar, contestó Rocío con la voz aún llorosa
-Tal vez lo que veas allí te ayude, insistió Jorge
Rocío se levantó de la silla lentamente, como si todo su pesar y su dolor la empujaran con fuerza haciéndola más frágil de lo que en realidad era.

Y Jorge la llevó a través del parque.
Caminaron pisando grava y césped, oliendo el perfume de las magnolias florecidas, y el aroma de la tormenta que se acercaba. Todavía no sabía bien qué le tenía que mostrar a Rocío, pero sabía que la tenía que sorprender con algo. Vio por ahí corretear una ardilla y le dijo:
- Mira, ves esa ardilla. Todos los días, y sin saber por qué, sale en busca de comida. Bueno, no tan sin saber por qué. El cuerpo le pide.
- ¿Y qué me quieres decir con esto?
- Quiero decirte que ella no se pregunta por qué está aquí. Sólo vive. No se preocupa si está sola, acompañada, triste o alegre. Sólo sale de su cueva, corretea, salta, busca y disfruta de lo que ese día tiene. Aprovecha todo lo que encuentra y encuentra todo lo que necesita. Así debemos hacer nosotros. Aprovechar todo lo que encontramos y encontrar todo lo que necesitamos. Aprovéchame hoy a mí, que me has encontrado, pues hoy me necesitas, y hoy estoy. Disfrutemos, lloremos y olvidemos, pero disfrutemos. Mañana será otro día y quizás necesitemos otras cosas, pues tratemos de encontrarla...
Rocío lo miró fijo a los ojos y esbozó una sonrisa.
Rocío comprendió que la vida se compone de instantes, y esos instantes hay que aprovecharlos.
Rocío se dio cuenta de que no estaba sola.
Rocío lo abrazó a Jorge y le dijo: GRACIAS.

06-05-07

Edu, Paco, Conral, Merr




jueves, 29 de marzo de 2007

Víctima (depende de donde se lo mire)

Esa noche Alicia se quedó hasta tarde en su trabajo. Cuando miró la hora ya eran las dos de la mañana. Apurada, recogió sus cosas del escritorio y las guardó en su cartera y salió corriendo a tomar el colectivo que la llevaría a su casa.
Al subir al colectivo revisó su cartera y se dio cuenta de que se había traído, sin querer, y en el apuro, unas tijeras que eran de la oficina. Bueno, pensó, mañana las devolvería.
Bajó en la parada correspondiente, y hasta su casa quedaban 5 cuadras que debía caminar.
Se encontraba cansada y apuró el paso para llegar más rápido.
En el silencio de la noche se percató de que unos pasos detrás de ella aceleraban su ritmo.
No quería darse vuelta, pero no pudo con su curiosidad. Vio que detrás suyo un joven apresuraba el paso acercándose hacia ella. Aceleró más su marcha y los pasos detrás de ella hicieron lo mismo, hasta que el joven la alcanzó. Con una mano la tomó de un brazo fuertemente, y con la otra, simulando un revólver, se la apoyó en la cintura y le dijo:
- Si gritás te pego un tiro.
Ella mantuvo la calma. Se dejó llevar por el muchacho, quien la condujo a unas pocas cuadras hacia un callejón oscuro y sin salida.
La apoyó contra la pared y empezó a manosearla y a besarla. Alicia seguía manteniendo la calma. Entre manoseos y besos que le daba le dijo:
- Ves putita que te gusta...
Y siguió con lo suyo. Sin forcejear demasiado el muchacho sacó su pene del pantalón y tomó fuertemente a Alicia de los pelos y la empujó hacia abajo, para ponerle el pene en la boca. Alicia se agachó, y sigilosamente, recordando la tijera que había traído sin querer de su trabajo, metió la mano en la cartera y la sacó. Ya agachada y frente al miembro del joven, Alicia tomó la tijera y la clavó fuertemente en el abdomen del muchacho, que ante el grito de “perra hijadeputa” cayó hacia atrás. Al estar en el piso, Alicia se incorporó y tomó las tijeras nuevamente para clavársela en el corazón y luego en la yugular.
Luego tomó las tijeras, las guardó en su cartera y caminó las cuadras que la llevaban hasta su casa.
Al llegar se dio cuenta de que estaba bañada en sangre. Puso su ropa a lavar, limpió las tijeras, se dio un baño y se acostó a dormir.
A la mañana siguiente, y como todos los días, antes de ir a trabajar, prendió la televisión para ver el noticiero.
“Gran revuelo en el barrio de Barracas por el asesinato de un joven de 23 años” decía el periodista. “Otra víctima de la inseguridad en la ciudad. Se desconoce el motivo del crímen del muchacho en un callejón del barrio de Barracas”. Enseguida reportajes a familiares del muchacho hablando de que no sabían que podría haber pasado, que era un buen muchacho, que no hacía mal a nadie, y recalcaban que era otra víctima de la ola de inseguridad que acechaba la ciudad. Lo mismo decían los vecinos, solicitando al gobierno más protección. Ya son muchas las víctimas por la ola de inseguridad en la ciudad.
Alicia pensó en quién era la víctima. Se olvidó de lo sucedido y siguió con su vida habitual.
29/03/07

miércoles, 28 de marzo de 2007

Solitario (una historia de abandonos)

Siempre consideré que la vida debía vivirla y aprovechar todo lo que pudiera de los distintos momentos, buscando momentos nuevos y situaciones nuevas para aprovechar.
A los 18 años, cuando cumplí mi mayoría de edad, le pedí dinero a mi padre y sin decirle nada compré un pasaje para un lugar del mundo y partir. Y así dejé a mis padres y mis hermanos menores, sin avisarles donde iba ni a qué, pues ni yo lo sabía.
Tuve siempre la facilidad de hacerme querer muy fácilmente, y de hacer amigos, amantes, novias, y todas esas cosas que a uno hacen por momentos feliz.
Esa fue una constante en mi vida., arraigándome a nuevos lugares y partiendo nuevamente olvidando lo vivido. De esa forma sobrevivía, aprendía cosas y obtenía nuevas experiencias. Pero siempre, y sin decir nada a nadie, un día, el menos esperado, volvía a partir, eligiendo algún lugar lejano para comenzar de nuevo.
Mi historia de abandonos es larga y siempre sabía que dejaba afectos a mis espaldas, que si algún día volvía, los podría volver a conseguir.
Así fue pasando el tiempo y me puse mayor. Ya casi con 60 años, y después de haber abandonado mujeres, hijos, amigos, gente que quería dejarme sus negocios, amigas, y vidas a medio construir, necesitaba afecto y decidí volver a esos lugares que en su momento había abandonado y donde alguna vez me habían amado.
Lamentablemente no encontré lo esperado en ninguna de mi vida inconclusa. Sólo reproches, odios y sinsabores. Por lo cual decidí volver a mi lugar de origen.
Mi padre ya había muerto, pero encontré a mi madre y mis hermanos que me recibieron con el amor real que necesitaba...
28/03/07

martes, 27 de marzo de 2007

Un cortito relato

No necesito de diarios ni radio ni tv para enterarme del mundo ni para ser feliz.
Mi madre me ha criado de la unas buenas maneras. Me ha dado lo mejor de comer, me ha dado calor en los días de invierno y me refrescaba en los días calurosos del verano. Me enseñó todo lo que debía saber de la vida, me protegió y me hizo disfrutar del viento, los árboles, los ríos y de la naturaleza en pleno.
He sido feliz con ella, hasta que un día me fui a criar a mi propia familia.
He tenido mis hijos y los he criado tal cual mi madre me ha enseñado.
Les dí todo lo mejor de mí y lo mejor de las enseñanzas de mi madre. Los he protegido del frío y los he refrescado en el verano. Les dí la mejor comida que he podido y les mostré los prados y la naturaleza para que fueran felices como yo lo he sido.
No necesito de diarios, ni radios, ni televisiones para ser feliz, pues soy una paloma y disfruto del mundo sabiendo el olor de la naturaleza.
27/03/07

jueves, 22 de marzo de 2007

Los tres leones





En la selva vivían tres leones. Un día el mono, el representante electo por los animales, convocó a una reunión para pedirles una toma de decisión: -Todos nosotros sabemos que el león es el rey de los animales, pero para una gran duda en la selva: existen tres leones y los tres son muy fuertes. ¿A cuál de ellos debemos rendir obediencia? ¿Cuál de ellos deberá ser nuestro Rey? Los leones supieron de la reunión y comentaron entre si: -Es verdad, la preocupación de los animales tiene mucho sentido. Una selva no puede tener tres reyes. Luchar entre nosotros no queremos ya que somos muy amigos... Necesitamos saber cual será el elegido, pero, ¿Cómo descubrirlo?. Otra vez los animales se reunieron y después de mucho deliberar, le comunicaron a los tres leones la decisión tomada: -Encontramos una solución muy simple para el problema, y decidimos que ustedes tres van a escalar la Montaña Difícil. El que llegue primero a la cima será consagrado nuestro Rey. La Montaña Difícil era la más alta de toda la selva. El desafío fue aceptado y todos los animales se reunieron para asistir a la gran escalada. El primer león intentó escalar y no pudo llegar. El segundo empezó con todas las ganas, pero, también fue derrotado. El tercer león tampoco lo pudo conseguir y bajó derrotado. Los animales estaban impacientes y curiosos; si los tres fueron derrotados, ¿Cómo elegirían un rey? En este momento, un águila, grande en edad y en sabiduría, pidió la palabra: -¡Yo sé quien debe ser el rey! Todos los animales hicieron silencio y la miraron con gran expectativa. -¿Cómo?, preguntaron todos. -Es simple... dijo el águila. Yo estaba volando bien cerca de ellos y cuando volvían derrotados en su escalada por la Montaña Difícil escuché lo que cada uno dijo a la Montaña. El primer león dijo: - ¡Montaña, me has vencido! El segundo león dijo: - ¡Montaña, me has vencido! El tercer león dijo: - ¡Montaña, me has vencido, por ahora! Pero ya llegaste a tu tamaño final y yo todavía estoy creciendo. La diferencia, completó el águila, es que el tercer león tuvo una actitud de vencedor cuando sintió la derrota en aquel momento, pero no desistió y quien piensa así, su persona es más grande que su problema: él es el rey de si mismo, y está preparado para ser rey de los demás. Los animales aplaudieron entusiasmadamente al tercer león que fue coronado El Rey de los Animales.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Blog (una historia de encuentros)

A Marina le gustaban los poemas.
Fanática de ellos buscaba por todos lados libros, blogs y toda clase de escritos que tuvieran poemas. Una amiga le recomendó ingresar a un blog de un tal Rayodetrueno que ella había encontrado en la web y que le habían parecido los mejores poemas de amor y sentimiento.
Y le pasó la dirección del blog a Marina.
Marina ilusionada entró a leer y quedó apasionada por cada uno de los poemas ahí publicados.
Todos los días entraba y leía un poema nuevo que la transportaba a otros mundos.
Le dejaba mensajes de adoración con el nick de Solradiante. Meses y meses leyó cada uno de los poemas de Rayodetrueno y cada día se enamoraba más de la persona que los había escrito. Pensaba que debía ser alguien muy dulce, muy profundo, muy sensible. Y un día le pasó su mail a Rayodetrueno.
Rayodetrueno, leía los comentarios apasionados de su ilustre lectora Solradiante y al ver su dirección de correo electrónico le escribió un mail, dándose a conocer como un poeta que le gustaba mucho escribir sobre el amor y la vida.
El tiempo pasó y mail va y mail viene, como ambos vivían en la misma ciudad, decidieron conocerse.
Se encontraban en un bar del centro de la ciudad a las 6 de la tarde.
Marina llegó 10 minutos tarde. Y al entrar al bar se encontró que en una mesa junto a una ventana estaba el contador de la empresa donde ella trabajaba como recepcionista. Quiso esquivar la mirada, pero él la vió y la saludó. Ella con una sonrisa lo saludó.
Se sentó en una mesa lejana de él esperando a Rayodetrueno.
Mientras tanto, Carlos, el contador, la miraba y pensaba en lo insulsa que le parecía esa mujer. Fría, desabrida, descolorida.
Marina miró de reojo a Carlos y pensó en lo frío y calculador que le había parecido Carlos desde que había entrado a trabajar en la misma empresa. Pensó que el tipo era lo más insulso y desabrido.
Ella esperaba a Rayodetrueno. Pero el tiempo pasaba y no podía ser que se tardara tanto.
Mientras tanto Carlos, después de media hora de espera, se levantó y se dirigió a la mesa de Marina. Se acercó y la miró a los ojos y le dijo:
- Solradiante?
Ella respondió:
- Rayodetrueno?
Se sonrieron. Y Carlos se sentó en la mesa junto a Marina.
21/03/07

sábado, 17 de marzo de 2007

Amistad


Dice una leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada al otro.
El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:
HOY, MI MEJOR AMIGO ME PEGÓ UNA BOFETADA
EN EL ROSTRO.
Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse.
El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo.
Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra:
HOY, MI MEJOR AMIGO ME SALVO LA VIDA.
Intrigado, el amigo preguntó:
¿Por qué después que te lastimé, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro amigo respondió: ”Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo”.

& Reciclado
merr

domingo, 11 de marzo de 2007

Encuentros Enredados, por Conral



Obra escrita en dos actos.

PERSONAJES

MANUEL: Hombre de unos 75 años. Viudo.
DOLORES: Mujer de unos 72 años. Viuda.
SERGIO: 45 años. Hijo de Manuel. Padre soltero.
ANA: 40 años. Hija de Dolores. Madre soltera.
LOLITA: 17 años. Hija de Sergio.
LAURITA: 10 años. Hija de Ana.
MARISOL: 9 años. Sobrina de Ana y nieta de Dolores.


ACTO PRIMERO

El escenario estará dividido en dos partes representando las viviendas de las dos familias. Dos habitaciones prácticamente iguales de dos pisos interiores cuyas ventanas dan a un patio de luz y por las cuales los vecinos se saludan cada día, preguntándose por la salud, el tiempo y alguna cosilla más.
Al fondo de cada habitación estará la puerta de la calle. A la izquierda y a la derecha, las puertas que llevan al interior de las viviendas.
La pared que separa las habitaciones tendrá una ventana que simulará la del patio de luz.
La decoración de cada habitación será diferente en cuanto a cuadros, cortinas, lámparas, etc., pero en ambas habrá una mesa camilla, un sillón, dos sillas y un ordenador.
A la izquierda, la vivienda de Dolores, Ana, Laurita y Marisol.
A la derecha la de Manuel, Sergio y Lolita.
La acción transcurrirá desde la mañana a la noche de un día cualquiera del año.


ESCENA 1ª

(Sale Dolores por la izquierda muy arreglada y bien compuesta. A pesar de su edad le gusta seguir cuidando de su aspecto y desde por la mañana está con sus zapatos de tacón, sus collares y su bolso a punto, por si tiene que salir a la calle o por si llega alguna visita. Es sumamente ordenada, así que repasa que todo está en su sitio, suelta el bolso en la mesa y canta: “Yo soy una chica, una chica ye-yé. Con el pelo alborotado y las medias de color...”
Al mismo tiempo sale Manuel por la derecha con un batín de seda rojo, zapatillas de casa y un bastón. Lleva una revista doblada en el bolsillo y una radio en la mano, porque cada mañana le gusta oír las noticias, la suelta en la mesa y se acerca a la ventana para mirar al cielo.
Dolores mientras canta hace cosas, como abrir la ventana. Al ver a Manuel deja de cantar y actúa como la vecina mayor que es.)

DOLORES: (Por la ventana) Buenos días, Manuel.
MANUEL: Buenos días, Dolores.
DOLORES: ¿Cómo se ha levantado usted hoy?
MANUEL: Igual que todos los días...(Con resignación) Todos los días son iguales.
DOLORES: ¡Todos, no, hombre! ¿Usted cree que hoy va a llover? ¿Qué le ha dicho su pierna?
MANUEL: A mi pierna es mejor no escucharla, ni ella ni la radio aciertan. Cuando anuncian agua, sale el sol y cuando anuncian sol, hay nubes, así que...
DOLORES: ¡Pues sí que estamos apañados!

ESCENA 2ª

(Entra Ana por la izquierda y se dirige al ordenador).

ANA: Buenos días, mamá, voy a ver mi correo y salgo corriendo, que pierdo el autobús.
DOLORES: Buenos días, hija. (A Manuel) Hasta luego, Manuel.
MANUEL: Hasta luego, Dolores. (Mientras va para su sillón canta su canción favorita: “El trigo entre toas las flores ha escogío a la amapola y yo escojo a mi Dolores, Dolores, Lolita, Lola...” Se sienta y escucha la radio)

DOLORES: ¡Ana, hija,...te levantas y lo primero que haces es ponerte con el ordenador!
ANA: Mamá, ¿ya estamos? Tengo que ver mi correo y ya me voy.
DOLORES: (con sorna) Yo pensaba que el correo lo traía Paco, el cartero...
ANA: Tú no entiendes de esto, compréndelo.
DOLORES: ¡No!, yo no puedo comprender que ahora el cartero esté dentro de un cacharro, que sea un ordenador o como se llame...
ANA: Anda, mujer, mamá...déjame y ve a ver si las niñas han terminado ya de desayunar.
DOLORES: Claro, yo soy la que me tengo que encargar de las niñas, ¡pues tú eres su madre!



Si quieres leer la obra puedes enviarme un e-mail y yo te la mando.

jueves, 8 de marzo de 2007

Para toda la vida y toda la muerte (un pequeño cuento)

Fui condenado para toda la vida. No recuerdo cual había sido mi delito, en realidad, creo que eso ya no tiene demasiada importancia.
Sólo, después de tanto tiempo, puedo recordar que cuando fui condenado para toda la vida, una persona del jurado dijo:
- Sr. Juez, condenar a este hombre para toda la vida es una injusticia, pues ya tiene más de 90 años. Y me pregunto ¿Cúanto tiempo más puede vivir, cinco, diez, quince años? ¿Ud. Cree que esto es hacer Justicia?. Yo creo que se lo debe condenar para toda la vida y para toda su muerte.
Así lo hicieron. Me condenaron para la vida y para toda mi muerte.
Me encarcelaron en una celda situada en un sótano, y me pusieron un guardián, que era el encargado de traerme la comida, agua y esas cosas.
Acepté mi condena como cualquier otra persona y escuchaba a mi guardián siempre hablarme de la vida fuera. No era de mucho charlar yo, sólo escuchaba las cosas que tenían para decirme.
Cuando me encarcelaron tenía 94 años y se nota que la vida en la cárcel no debía haber sido muy mala, porque superé todas las espectativas del jurado con respecto a mi vida. Llegué a vivir hasta los 121 años.
Cuando morí, mi guardián lloró de pena, pero él debía seguir cuidandome, ya que yo habia sido condenado por toda mi muerte también.
Al tiempo, vino un reemplazo de mi guardián, mandaron otro. Mi primer guardián se despidió de mí y me dijo que le mandaron alguien que lo reemplazara, ya que él debía irse a morir en paz.
Y así fue pasando el tiempo. Cada 25 años más o menos mandaban un reemplazo para los guardianes, ya que ellos debían irse a morir.
Que tontos en realidad. Si yo ya no pensaba en escaparme. Había pasado tanto tiempo que yo ya no tenía donde ir. Mi lugar era esa celda a la que fui condenado.
Un día mi último guardián me dijo:
-Sabes? Debo irme. Me queda poco tiempo de vida. Lo siento. Y me llama mucho la atención, que aún no hayan mandado mi reemplazo. Debo dejarte pero prométeme que nunca te escaparás de aquí.
Se lo prometí y lo dejé ir en paz.
A partir de ese momento sigo preso, como me juzgaron, por toda mi muerte, ahora sin guardianes. Y no pienso irme pues sé que debo cumplir con mi condena.

martes, 6 de marzo de 2007

Un cuento para un cuadro

Este cuento está inspirado en un cuadro de Esperancita. Espero que os guste:

TITULO: Este “erase una vez...” es una historia maravillosa.

A Alegría le gustaba mucho mirar por la ventana. Siempre que podía, se apoyaba en el banco con mullidos cojines y miraba, soñaba con el exterior.
Miraba de día, y miraba de noche. Si llovía también miraba. Le gustaba ver lo que había fuera.

Y mientras miraba, soñaba. A veces soñaba despierta y otras semidormida, inventando su ventana.

Le gustaba ver los cambios en los árboles. El nacer y desaparecer de las flores. Las nubes, con su ligero espesor y sus caprichosas formas y colores. Y las gentes que pasaban, con sus sonidos y sus movimientos.

A veces lo que veía la gustaba tanto que no podía resistir el impulso y salir a su encuentro. Sin pensar, se abalanzaba sobre una flor, o un pajarillo o una niña del pueblo que pasaba. Con grandes risas, miraba, preguntaba cosas y cerraba los ojos, para guardarlo en un recuerdo y recrearse después.

Cuando nevaba, también se divertía. Veía como, lentamente, se iban tapando las hierbas, las piedras, como cuando ponía mantequilla en el pan, suavemente, y daba lugar a formas curiosas donde se podían inventar más historias e imaginar que podrían ser. Ella pensaba, que, mientras durase la nieve, esas cosas serían lo que ella quisiera.

No se puede decir que conociera el exterior, porque siempre era diferente para ella, siembre había cosas nuevas que descubrir y cosas a las que echar de menos porque ya no estaban.

Un día, mirando, vio que pasaba el circo. Iban a instalarse en su pueblo, como cada año. Pasaban, delante de su ventana, los saltimbanquis, dando volteretas en el aire y cayendo sobre los hombros de otro. Los payasos, con sus bromas, pesadas algunas, que hacían reír a todos. El gran elefante, que, majestuoso, avanzaba con el grupo.
Y los trapecistas, esbeltos, caminando con realeza. Alegría miraba sobre todo a los trapecistas, eran distintos, distantes. Superiores al resto, pensarían ellos, arriesgamos la vida cada tarde.

Y fue al circo. Aplausos, ruido, emociones. Una atracción tras otra, cada una mejor que la anterior.
Y de pronto, salió la trapecista con su grupo. Era como ella, morena, pelo largo, muy esbelta. Sonriente y segura. Sabedora de concentrar todas las miradas, buscando su salto.
Y saltó y saltó. Vueltas, saltos, volar de un lado a otro. Aplausos y más aplausos. Alegría sintió que era ella quien volaba, quien saltaba. Al terminar, cerró los ojos y se vio, en ese circo, volando, majestuosa, segura, oyendo los aplausos y sintiendo el aire al cruzar la pista a toda velocidad.

Quiero ser trapecista, dijo en casa. No sabes lo que dices, le respondieron. Ya veréis, seré la mejor trapecista del mundo, volaré durante muchos minutos en el aire, como una pluma levantada por el viento que da vueltas, se mece, sigue dando vueltas y cae suavemente.

Desde ese día, a veces miraba por la ventana, pero sobre todo, practicaba. Delante de la ventana y fuera, en el paisaje que siempre había contemplado, ahora ella formaba parte de el, con sus brincos, carreras y volatines.

Primero aprendió a hacer una vuelta, luego dos, así, hasta que ya no se acordaba de contar cuántas daba antes de posarse suavemente en el suelo.

Sus días pasaban saltando y posándose. A veces se formaba un pequeño corro de vecinos que pasaban por allí y se quedaban a contemplarla. Miraban y sus pupilas se movían al compás de las vueltas de Alegría. La boca se iba abriendo y la respiración quedaba contenida, para estallar en un gran aplauso al verla posarse sobre el suelo.

Si, volar y actuar, ser admirada y brincar por los aires.

En el primer circo se fue. Cogió su mantita violeta de la ventana y su cojín de grandes cuadros. Y se despidió de su ventana.

Era la actuación más exitosa, todo el mundo iba sólo para verla a ella. Su pelo al viento, era como magia que pudiera flotar en el aire. Ella sabía que si que era magia, porque era su sueño y cuando un sueño se cumple, sale la magia.

Y viajó y viajó. Todos los países querían verla. Japón, Rusia, Noruega, España, Canadá. Visitó más de 130 lugares donde oía aplausos por muchos minutos, veía caras de emoción, de ilusión.

Nadie respiraba al verla volar, por temor a que el aire estropeara sus piruetas, de lo suave que volteaba su fino cuerpo.

Todo el mundo la conocía, sabian su nombre, la habían tenido cerca. Todos los países querían que fuera, muchas personas viajaban miles de kilómetros para verla, para ver sus piruetas.

Ella era feliz. Se alimentaba de las vueltas y del aire. Los aplausos engordaban su ánimo y los kilómetros completaban su experiencia. Y se recreaba pensando en la dulzura de su sueño cumplido, en la delicia de poseer lo que había querido.

Un día de frío, sacó su mantita del arcón y su cojín de grandes cuadros. Las puso sobre una gran caja de madera que tenía bajo la ventana de la caravana. Y miró por la ventana.

Pero no vio ni al circo, ni el paisaje de ese lugar, ni las gentes que pasaban.

Vio lo que veía desde su ventana. Las flores, la niña del pueblo, las formas de la nieve caída. Y pensó: estará todavía la lluvia, pasarán las gentes de antes, saldrán esas flores amarillas que gustaban tanto a las abejas. Y sintió una tierna añoranza.

Decidió que ya era el momento de volver.

domingo, 4 de marzo de 2007

Me acosté en mi cama y desperté en...(un pequeño cuento)

- Despierta Víctor, ya es tarde.
Me decía Carmen mientras me despertaba con unos besos en el cuello.
Abrí los ojos y no me asombré de nada. Pensé sólo que era una continuación de tantos sueños soñados sobre Víctor Reyes. Su bella mujer, su cama, su habitación, el aroma a lavanda...Todo era igual. Pero algo me desconcertaba y era que no parecía un sueño.
Era todo muy real.
Me levanté y fui al baño. Me miré al espejo, y tal como había dicho Carmen, era el rostro de Víctor el que se reflejaba. Seguiré soñando, pensé. Al fin y al cabo venía soñando con Víctor Reyes desde muy pequeño. Todas las noches soñaba con él. Sabía todo a cerca de su persona, sus recuerdos, lo acompañé en su crecimiento, sus secretos, sus estados de ánimo, todo, todo lo sabía a cerca de él. Me quedé fijo mirándome al espejo y me dije, Si yo soy Matías Reich, cómo es posible que ahora tenga el cuerpo de Víctor.
Claro. Desde muy niño que vengo soñando con la vida de Víctor. Nunca tuve otro sueño y al despertar siempre lo recordaba. Pero esto no parecía una continuación de un sueño, esto era muy real. Me metí en la ducha y me quedé bajo el agua sin entender demasiado. Después de todo, nada de esto me resultaba desconocido. Al rato sentí la voz de Carmen que me anunciaba que salía a comprar y que volvía en una hora. No dije nada.
Salí de la ducha y sequé mi cuerpo nuevo para mí, ahora. Me miré y nada me asombraba, todo ya era conocido. No quise tratar de entender mucho. Sólo que me preguntaba, de a ratos, por Matías, el que yo realmente era.
Dejé que fuera pasando el día. Carmen ni notaba la diferencia, pero yo en mis adentros sentía que era Matías metido en el cuerpo de Víctor. ¿Podría ser eso?. No quería profundizar demasiado y no me sentía tampoco tan a disgusto. Sí notaba que cosas de lo que yo era como Matías, al pasar de las horas, se iban perdiendo. Recuerdos, sensaciones, formas. Ya estaba acomodándome dentro de Víctor. Y así quedé sin preguntarme demasiado.
Esperé a la noche y a ir a dormir. Suponía que cuando durmiera soñaría, ahora que soy Víctor, con la vida de Matías. Pero no fue así. Me apoderé de sueños propios. Y al despertar a la mañana junto a Carmen, supe que Matías, el que había sido, ya no lo era, y que de ahora en más era Víctor.
Al despertar, Carmen me recordó que abriera mi mail para ver si tenía noticias de los trabajos que había publicado en internet. Y después de una ducha y el desayuno me senté a ver mensajes de mis mails.
¿Cuál casilla abriría, la de Matías o la de Víctor? Dudé un momento. Pero creo que siendo Víctor ahora, no correspondía abrir la de Matías. Es más, entre las cosas de Matías ,que fueron mías, que comenzaba a olvidar, una era la clave de acceso a su mail.
Por lo tanto abrí el mail que me correspondía ahora, el de Víctor.
Sólo había un mensaje en mi casilla y era de Matías Reich que decía:
“Hola, yo soy tú”
04/03/07

sábado, 3 de marzo de 2007

La joven y su dueña (para un cuadro de Melip)

Desde que ví este cuadro de Melip, me inspiró esta pequeña historia...Nunca podía llegarla a escribir. Al fin lo hice. Espero les guste. Y Gracias Melip por el cuadro.


Uy, uy, uy !!! !Qué verguenza!Mejor salir despacio sin que se dé cuenta.Si mi señora se entera que la estuve espiando es capaz de cualquier cosa. Comenzarían los gritos, y quien sabe, quizás me corra. Y yo no quiero eso, después de tantos años.Siempre yo tengo que ser tan metida. Esta vez no pude con mi genio, es que escuché los gemidos y fuí a espiar...y la encontré en un traspié. Y ella siempre tan puesta, tan seria con sus cosas, tan señora. Si se entera que la ví creo que ella también moriría de verguenza.
No debo hacerlo más. Sus cosas son sus cosas y no debo meterme.
Mejor salir despacio y sin que se entere.Pero bueno, al fin hoy, después de tanto tiempo, la he visto más mujer a mi señora, y hasta creo que hoy la quiero un poco más. Hoy, después de tanto tiempo, y por primera vez, la he visto llorar.

viernes, 2 de marzo de 2007

Era la noche


Era la noche. Cuando cabalgan las sombras de los árboles deambulando y escoltan indiferentes al camino que nunca sabe de dónde viene. Cuando el astro sin luz, redondo y altivo, se convierte en el espejo más brillante y manda sobre las copas de la arboleda sus tenues y a la vez persistentes rayos, única compañía alumbradora. Era ese momento en que las horas, ya sin brisa, se detienen . Y el tic-tac de los relojes suena armónico, sin prisas...acariciando el rostro frío del caminante.
Y...entre las sombras, el caminante. Con pasos cansados, pero seguros. Soportando el peso de su historia, el paso de sus años. Él, como el camino, sí sabe de dónde viene y, como el camino, no sabe dónde terminará su peregrinación. Sólo le acompaña la fuerza de que tiene que seguir, sin parar, hacia adelante...
A veces, eso sí, se detiene y descansa apoyando su cuerpo sobre una piedra que, generosa, ofrece su asiento sin pedir nada a cambio. Y mira a su alrededor contemplativo. Observa, mira, imagina ...
Han sido muchas las sombras que han caminado a su lado. Muchas también las luces que acariciaron su cuerpo a lo largo de su existencia. También hubo piedras que no siempre sirvieron para el merecido reposo, sino entorpecedoras, traidoras, amenazantes ...que interrumpían o daban un rumbo nuevo no deseado. Pero ahora ya es consciente de la utilidad de esos escollos. Nunca, (piensa mientras camina) cuando se tropieza con una piedra, se cae hacia atrás, siempre la caída, incluso a trompicones, es hacia delante. Eso le reconforta.
Y recuerda. Siempre, los recuerdos.
Recuerdos.
Recuerdos que se reflejan en las gotas de rocío que, como espejos, van jalonando una a una las piedras del viejo camino polvoriento. Recuerdos vivos. Recuerdos muertos. Trozos de un alma descompuesta y mil veces vuelta a componer. Así lo ve el caminante que sigue su destino. Desfachece, hay paradas largas y tropiezos cortos, pero no abandona, sigue caminando, porque junto a esos reflejos, también hay gotas que guardan sus deseos. Deseos y recuerdos. Y no elige, se queda con ambos.
Quien sí le da a elegir en ocasiones es el camino que se le abre como encrucijada. Recapacita, moja sus dedos ya con huellas del paso del tiempo, en alguna gota de rocío llena de recuerdos y también los refresca con una nueva gota de deseo. Y de esa mezcla surge un paso decidido hacia adelante.
Por entre las ramas de los árboles también ya cansados penetran hasta su rostro los rayos de luz del atardecer que lo iluminan y aún le permiten seguir.
Seguir. Ese es su deseo: seguir. Pese a que el atardecer ya vestido de oscuro abraza y se extiende alargando su tentáculos negros tapando las sombras. A pesar del cansancio oculto a veces tras la historia y que las arrugas de la noche surcan el rostro del camino y del caminante, el caminante quiere seguir. Sabe que al final del camino no hay una meta, que, en todo caso, la meta es el camino y tarde o temprano la alcanzará. O quizás sea ella quien lo encuentre.
Y en sus ratos de paz, mira para su pequeña alforja, ahora ya no sólo repleta de recuerdos que ha ido, como un pequeño coleccionista, guardando a lo largo de su vida. Hay también ungüentos que le han servido para cicatrizar heridas. Papeles bien doblados donde en otros tiempos escribía palabras sonoras o silencios escritos sólo para él. Y piedrecillas que son, unas hermosas, otras, que no sabe bien para qué ha ido guardando, pero también están ahí. Nada de lo que hay le pesa...Pero sigue, tal vez aburrido, quizá curioso de sí mismo, hurgando en su mochila y ...aún están ahí, unas viejas y sin embargo, vivas y llenas de olor. Son semillas. Semillas de rosas...Semillas de azucenas...Semillas de mil flores diferentes.
En ese momento, cuando la oscuridad lo llena todo, cuando no entra ya ningún rayo de luz por entre las rendijas de las ramas...entonces es cuando se ilumina su rostro. Ya sabe que su camino tiene un motivo. Que su marcha por ese sendero puede aún ser útil. Y no se encuentra solo. El viento sopla sin daño pero insistente, la tierra parece susurrarle, unas gotas de lluvia caen suaves en su rostro. Sus tres aliados. Y él, enérgico y cariñoso a la vez, esparce las semillas a ambos lados del camino y van cayendo, unas entre la hierba, otras entre las rocas, otras, en el mismo camino. Él no las verá crecer. Pero también sabe que detrás, como otros fueron antes, vendrán más personas, habrá más que disfrutarán de los colores, de los aromas y seguirán caminando. Ahora, una leve sonrisa dibujada en sus labios ilumina sus pasos. El caminante sigue, recuerdos, silencios, versos, vida..., hacia adelante.
pi-aio

jueves, 1 de marzo de 2007

Ternura (un relato pequeñito)

Desde que la vi por primera vez, no pude dejar de mirarla.
Eran sus ojos, su rostro, su piel, su aroma lo que me atraían de tal forma que su ausencia se me hacía insoportable.
Tanta belleza para mí. Miraba su sonrisa, fijo, y me deslumbraba, me hipnotizaba, me obnubilaba ...Era todo. No soportaba estar un minuto sin ella. El resto del mundo y las demás personas me eran totalmente innecesarias. Sólo quería sentir su aroma, aroma de piel suave y dulce, y ver sus ojos llenos de ternura y de sonrisas. Con ellos me decía más cosas de las que cualquier palabra pudiera significarme. Con ellos me hablaba desde una profundidad que sólo ambos entendíamos.
Y sus caricias....suaves, embellecidas de cantos y sonrisas.
¡Cómo gozaba con su presencia ! Necesitaba tenerla, estar cerca, sentirla, mirarla.
La vida sin ella no tendría ningún sentido. Era lo mejor que hasta ahora me había sucedido. Era la primera vez que deseaba tanto y tanto sentir ese aroma y su suave voz....y esas caricias.
Y el placer más grande, y la unión más grande era cuando sacaba su pezón y me alimentaba...

sábado, 24 de febrero de 2007

Una carta que jamás envié.

Espero que te encuentres bien, que ya la tristeza se haya ido y sólo sea un triste recuerdo, que ya no te sientas mal por lo que pasó o por lo que no pasó. La verdad es que hoy te escribo para decirte lo que guardo en mi corazón, lo que callo en el silencio de mi habitación.Al escribirte estas líneas sólo me imagino tu sonrisa y aquellos abrazos que anhelo hoy más que nunca. No me pidas explicaciones, no lo hagas, porque guardaré silencio una vez más. No me preguntes qué siento, porque empezaré a llorar. Amor, te juro que jamás había sentido esto, y la verdad no sé si esto sea amor. A veces me parece que sólo es una ilusión, que sólo es un sueño del que no quiero despertar y que soy egoísta al desear que estés aquí, de olvidar las fantasías y vivirlas en realidad. Tanto tiempo guardé lo que sentía, siempre pensé que sólo yo lo sentía, que feliz me hiciste cuando me dijiste que siempre fui yo a la que querías, que jamás pudiste olvidar aquella noche que estuvimos juntos, en la que el miedo nos venció una vez más... que siempre te lo callaste por temor a no ser correspondido... yo sólo te escuchaba atentamente mientras por dentro reía y a la vez lloraba. Sentías lo mismo que yo, a pesar del tiempo y la distancia nuestra historia era real y hermosa, como un cuento de hadas sin lugar a dudas. Tal vez te parezcan cursis mis palabras... pero yo sé que no. Hoy te necesito aquí, por favor ven, ¿no ves que me haces tanta falta? ¿no ves que me muero por ti? ¿que siempre has sido tú mi razón de soñar? Te amo, te adoro, y deseo que estés aquí, olvida lo que te dije o lo que callé, tú sabes lo que siento, por favor te pido que vengas hoy a mí. Lo más triste es... que esto no te lo puedo decir, es mi tortura, mi tormento, mi dolor, lo que más deseo y anhelo... realmente te amo, te juro que sí, aunque mis actos digan lo contrario, mi corazón grita que no le creas a las palabras y que mires en mis ojos la tristeza que encierran porque hoy no estás aquí. Ni estarás jamás

jueves, 22 de febrero de 2007

Loy Loyca (una pequeña historia)

Palmirita de 7 años vive sola con sus padres en medio del campo.
El padre trabaja la tierra, la madre cuida los animales.
Mientras sus padres salen al campo, Palmira queda sola en la casa, y con sus 7 añitos hace lo que puede para que cuando la madre venga, no tenga tanto trabajo. Tiende las camas, limpia los pisos, ordena las ropas, lava los platos, la ropa y se dedica a todos los quehaceres domésticos que fue aprendiendo a diario, con la vida cotidiana.
Como vive en medio del campo y sola no tiene amiguitos, y sus juegos se son corretear una gallina, o con su perro....pero aburrida de tanta soledad se inventó un amiguito, Loy Loyca. Con Loy conversa, y Loy la acompaña en todos sus quehaceres hogareños. Cuando está triste le cuenta a Loy Loyca sus tristezas, y Loy la alegra.
Cuando está alegre, se divierte con Loy. Y Loy Loyca es su única compañía todos los días, hasta que llegan sus padres del campo. Y cuando los padres duermen en la hora de la siesta, Palmira sale a caminar por el campo junto a Loy Loyca, charlando y compartiendo las tardes de sol. Y si llueve, se quedan en casa sólo charlando.
Palmira solo tenía un amigo, y ese era Loy Loyca.

Un día vinieron de la ciudad a ofrecerle buen dinero al padre de Palmira, para comprarle el campo, pues debian construir una autopista que pasaría por el medio del campo de ellos y lo cortaría al medio. Y como el ofrecimiento de dinero les convenía y sabían que iba a ser mejor para Palmirita irse a la ciudad, ya que debían mandarla al colegio, decidieron vender el campo.
Palmira no estaba muy de acuerdo con esto, pues sabía que si se iban de ese lugar, nunca más iba a estar con Loy Loyca. Pero como era obediente, aceptó sin quejas la decisión de los padres. Y un día se fueron a la ciudad. Ella se despidió en silencio de Loy....

En la ciudad tenían una casa, y enseguida Palmira se hizo de amiguitos del barrio, comenzó a ir al colegio y más amiguitos se sumaron a su lista...y Loy Loyca...quedó en el campo.

Una noche, Palmira estaba triste, se había peleado con unas amiguitas, y ella estaba triste...y se encerró sola en su habitación. Al momento se acordó de Loy y se alegró.
Desde ese día y para siempre, supo que nunca estaría sola, que Loy Loyca estaría allí, para acompañarla en los momentos difíciles...para secarle las lágrimas.